Opinión
Álgebra
Por Público -
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Me atrevía a esperar yo aquí hace unas semanas que la Conferencia de Copenhague sobre el clima no terminaría en un fracaso, como se preveía, porque vamos todos en el mismo barco rumbo al naufragio. Me equivocaba. Vamos todos rumbo al naufragio porque no vamos en el mismo barco. Lo explica en un artículo reproducido por un centenar de periódicos del mundo Bjorn Lomborg, un neoliberal danés desarrollista y contento que desde hace una década vive de negar que el calentamiento global tenga efectos dañinos. Dañinos ¿para quién?
Así, dice Lomborg que para China (uno de los dos principales “calentadores” del clima) el fenómeno global resulta localmente bueno. Local a la escala de China, que tomada individualmente –en su inmensa individualidad: una quinta parte de la población del mundo; y en su antiquísimo autismo: el eterno Imperio del Medio–, se beneficia de que aumente el calor planetario: un mejor clima mejora su producción agrícola. Y la causa de ese aumento, que es el consumo de combustibles contaminantes, es a la vez el motor del desarrollo económico chino. Problemas, si acaso, para el siglo XXI. “Bien largo me lo fiáis”, como decía el fanfarrón don Juan Tenorio.
Pero no sólo acierta el egoísmo chino, o el de quien sea: es cosa de la sabiduría inmanente del mercado. Escribe Lomborg en su artículo negacionista y contento que, “según la mayoría de los cálculos principales”, intentar moderar el fenómeno del calentamiento global puede costar, en euros o en dólares, 50 veces lo que costarían los daños provocados por ese calentamiento. No sé yo, claro, si la cosa es así, ni tampoco lo sabe él: son demasiado numerosos los “cálculos principales” como para que alguien sea capaz de conocerlos todos, y son demasiadas también las opiniones científicas, políticas, económicas y religiosas al respecto como para que sea posible que se pongan todas de acuerdo (y así se vió en Copenhague). Pero el meollo del asunto está en ese restrictivo cálculo de pérdidas y ganancias que hace Lomborg en su libro de contabilidad, según el cual todo se mide exclusivamente en términos de dinero. De modo que vale tanto la destrucción como la construcción, puesto que cuestan lo mismo, y tanto el bienestar como el sufrimiento, puesto que los dos producen, para alguien, ganancias. No sólo valen igual sino que, además, se suman. Y el resultado neto, en términos del producto bruto, es siempre positivo.
Porque menos más menos da más. Como en el álgebra.