Opinión
Antibióticos en la granja
Por Ciencias
NATURALEZA // FERNANDO HIRALDO
* Director de la Estación Biológica de Doñana (CSIC)
Nueve años después de que se descubriese la penicilina, Carol Reed nos presentó en su película El Tercer Hombre (1949) al malvado Harry Lime, encarnado magistralmente por Orson Welles, como contrabandista de penicilina en la Viena ocupada por los aliados. Afortunadamente, esos tiempos han pasado. Desde entonces, se han desarrollado muchos antibióticos y la lucha contra las enfermedades infecciosas ha dado un salto de gigante. Sin embargo, hacia la década de 1980, empiezan a proliferar otro tipo de malvados, las bacterias resistentes a los antibióticos, que pueden de nuevo dificultar nuestra batalla contra las enfermedades infecciosas y afectar negativamente a la biodiversidad.
Una de las fábricas de bacterias resistentes tiene su origen en la ganadería intensiva. Esta necesaria forma de producción para abastecer de proteínas a la humanidad necesita del uso de antibióticos –aunque en algunos caos ya se están prohibiendo– para curar y prevenir enfermedades que podrían matar a los animales o simplemente retrasar su crecimiento, haciendo su explotación económicamente inviable. Cada vez en más lugares, los científicos están encontrando en buitres y predadores que consumen restos de animales de granja antibióticos y un mayor número de bacterias resistentes a ellos. Quizás más alarmante sea que estos animales muestran un sistema inmune deprimido y mayor prevalencia de patógenos que sus congéneres no contaminados con antibióticos.
Estas relaciones aquí expuestas no están todavía bien establecidas, pero las evidencias son numerosas y sugieren con fuerza que tenemos un problema serio en la producción de proteínas de origen animal. Estos hechos muestran con claridad que conservación de la biodiversidad y la salud humana tienden a no ser independientes.