Opinión
El atajo de la razón
Por Manolo Saco
Hay días, como el de ayer, en que la acumulación de insultos amenaza con atascar las vías de la convivencia. Rajoy, Piqué y Acebes están sufriendo estos días un calvario que todos los demócratas debemos rechazar con toda nuestra energía. En primer lugar, porque las diferencias políticas hay que dirimirlas con argumentos y no con insultos ni agresiones. Y en segundo lugar (en segundo, pero no menor) los que insultan no hacen más que dar la razón al insultado. Hay, además, un tercer efecto colateral: el insultado y agredido (a Acebes intentaron escupirle ayer, y a Rajoy le bombardearon con huevos) pasa a ser un mártir de su causa, justo el efecto contrario al que perseguían sus enemigos o adversarios.
Tan es así, que uno de ellos, el que pasa por ser uno de los más expertos en inventar unas teorías conspiratorias que rayan en la paranoia, cuando no en el puro ridículo, como es Ángel Acebes, aprovecha que el Pisuerga del insulto pasaba por Valladolid para (¡cómo no!) cargar la factura de la agresión a la cuenta de Rodríguez Zapatero, como el diseñador último de la estrategia de acoso al PP.
El problema de la proliferación de los insultos es que están al alcance de cualquier fortuna intelectual, están ya precocinados, y evitan el engorro de tener que argumentar, de la más primaria elaboración mental. El insulto nos iguala a todos, rebaja a los inteligentes y ensalza a los necios, es la derrota de los primeros y el triunfo de los segundos. Es el atajo de la razón.
Ayer esta bitácora fue bombardeada también con una inusitada batería de insultos a mi persona por parte de gente que, amparada en el anonimato, se introduce en ella como un comando, escupe, hace su deposición intelectual comprada en el baratillo de los insultos de todo a cien, y se retira, nuevamente emboscada hasta la próxima incursión. Y al igual que en esas noticias de televisión en que todos los vecinos se asombran de que el del quinto haya sido detenido por parricida y maltratador, así mis insultadores y agresores probablemente tienen una vida normal fuera de este blog, van a misa, pagan sus impuestos, adoran a sus niños y muestran su cara mejor ante los vecinos.
En cierto modo envidio a Rajoy, Acebes y Piqué porque sus agresores dan la cara, y se juegan que alguien se la pueda partir en dos en medio de la carga policial. Les envidio porque pueden ver los rostros de chulos de sus adversarios, llevárselos a casa como recuerdo y hacer vudú con ellos en la soledad de su memoria. Eso debe de ser muy gratificante.
Sean o no incontrolados esos comandos que impiden el debate de las ideas, lo cierto es que flaco favor están haciendo al futuro de la convivencia democrática.