Opinión
Camps espera y desespera
Por Juan Carlos Escudier
Comprende uno la desazón de Francisco Camps, que a estas alturas sigue sin saber si ha de encargar más trajes con ceñidor trasero para lucir como un pincel en los actos oficiales de los próximos cuatro años o si tendrá bastante con su actual fondo de armario. Rajoy está demostrando una especial crueldad con el valenciano, sabiendo como sabe que un buen sastre no se improvisa. Su proceder es similar al que siguió con la joven que le pidió en televisión su receta contra el paro. Al parecer, Camps ha querido saber cuándo iba a proclamarle candidato, y Rajoy le ha dicho que tenía la respuesta apuntada en su cuaderno pero que no entendía la letra. Es lo que pasa por escribir tan rápido.
Lo de Camps está alcanzando un nivel de patetismo desconocido hasta la fecha. El todavía honorable da por descontado que la Justicia le sentará en el banquillo y su interés se centra en retrasar con un aluvión de recursos ese día fatídico, confiando en que para entonces su candidatura sea irreversible. A esta estrategia se sumó involuntariamente la fiscalía anticorrupción, al pedir que se acumulara en la causa de los trajes la de la financiación ilegal del PP, lo que hubiera retrasado meses la apertura del juicio. El Tribunal Superior de Justicia de Valencia ha aclarado que, por ahora, ambos procedimientos no pueden unirse, lo que complica definitivamente la vida al dandi del Turia.
Sea cual sea su futuro político, lo urgente es revisar la teoría de que la corrupción acaba pasando factura, a la vista de las encuestas que profetizan no sólo que Camps ganaría las elecciones de calle, sino que también lo haría una cabra si Rajoy la presentara en su lugar. En el patio de Monipodio en el que los populares han convertido Valencia los electores deben pensar que el olor a podrido que perciben les es ajeno, y que, seguramente, ha llegado de la Dinamarca que olfateaba Hamlet empujado por la brisa.
Tan sorprendente como que los ciudadanos prefieran lo malo conocido es que la oposición sea incapaz de presentarse como alternativa. Con la corrupción extendida como una mancha de aceite por Valencia, Alicante y Castellón, ¿qué más tiene que ocurrir para que los socialistas rompan con algún pico su encefalograma plano? No es por desmentir a Corneille, pero la salud de algunos muertos es espantosa.