Opinión
Chistorra con 'gin tonics'

Por Javier Salas
Toc, toc. “Uy, perdón”. La señora de la limpieza me sorprende, pasadas las 12:00 horas del mediodía, en pelota picada derrotado sobre la cama. Me he quedado dormido; había quedado en ir a almorzar a las 10:30 a la Peña San Andrés con su presidente, el generosísimo Javier Nicuesa.
Abro los ojos. Paisaje después de la batalla. El pulgar de la mano derecha está morado y casi no lo puedo mover; la rodilla izquierda luce una bonita herida todavía fresca; el pantalón que vestía anoche tiene más mierda que la escobilla del váter de un reformatorio; en la mesilla, una bolsa de Risketos a medio comer. Cuando los remordimientos por mi estado me asaltan, me digo: “Imagina que eres un periodista deportivo”; y me quedo mucho más tranquilo.
Las fiestas de Estella me confirman que acerté aceptando este encargo. Llegué al hostal pasadas las 6 de la mañana (ni sé cómo) después de un día entero sin parar de comer y beber. Y lo mejor de todo es que no he pagado nada: las llaman “las fiestas de la simpatía” y me lo han demostrado.
Tanto es así que el día comenzó comiendo chistorra con el presidente de Navarra, Miguel Sanz, y la ex presidenta de Eusko Alkartasuna, Begoña Errazti, juntos, en un local de 200 metros cuadrados. Los carnés del partido se dejan en la puerta: lo que ha unido la fiesta, que no lo separe la política. Estoy espalda con espalda con Sanz y mi instinto profesional de periodista de raza sólo me deja pensar en una cosa: soy el único panoli del lugar que no lleva los pantalones blancos de rigor. Al menos, llevo la camiseta, el blusón y el pañuelo obligados, que me han regalado estos estellicas tan majicos. Están un poco pringosos, eso sí, porque la muchachada local me puso fino de cava y sidra cuando el cohete (aquí no es chupinazo, pero viene a ser lo mismo) dio comienzo a las fiestas.
La chistorra va de la parrilla a mi boca y la cerveza me la inyectan por goteo intravenoso. “Que no te falte de nada”, me exigen. Ya me estaba ocupando yo, pero el incentivo se agradece. También me recomiendan, después de la comilona, que me eche una siesta reponedora, que la que nos espera después será de traca. Efectivamente, a las 19:30 horas ya me están invitando a gin tonics. A pesar de la crisis, en Beefeater pueden estar tranquilos: ayer cuadraron las cuentas de la temporada 2008/2009.
Vayamos al grano: las navarricas están que ni comer con los dedos, pero son duras de pelar. Dado mi estado, era misión imposible. No sé cómo hice para no caerme de camino al hostal, a las afueras del pueblo –el peaje que hay que pagar para ahorrar– volviendo de la fiesta. Un momento: claro que me caí.
Me duele todo, pero me voy con amigos para toda la vida. La exaltación de la amistad, lo mejor de las fiestas.




