Opinión
Los comulgantes (tercera esquina)
Por Espido Freire
-Actualizado a
De no haber sufrido una juventud triste y rígida, bajo la férula inflexible de su padre, un pastor luterano tiránico, es posible que la relación de Ingmar Bergman con lo espiritual y la religión fuera esporádica y fútil. La mayoría de sus películas reflejan la lucha de un ser humano que no cree en el Dios convencional, pero que necesita una presencia trascendente, la esperanza última en un mundo destruido. Sin el consuelo de las divinidades de la New Age, que años más tarde suavizarán creencias y supersticiones, Bergman tuvo que crear su imagen privada, casi herética, de Dios.
En Los comulgantes el director sigue los pasos de un pastor protestante durante las horas en las que su fe se desmorona. No soporta por más tiempo la aridez de la religión y del Dios que predica. Uno de sus feligreses se ha suicidado, porque él no fue capaz de aconsejarle con cordialidad. Incluso el enamoramiento de una maestra, a quien no sabe corresponder, le resulta doloroso. Nada tiene que ofrecer, y tan sólo se repliega en sí mismo.
Zerolo y Méndez han reprochado al obispo Antonio Cañizares que pidiera a sus fieles, durante una misa en Cuenca, una oración por el Rey y la Monarquía. Ellos opinan que valdría más que ese apoyo se vertiera en el trato que a los mismos se les prodiga en la Cope, y no durante la eucaristía. Poca gente cree ya en la oración, pero se mantiene la firme fe en el poder de las palabras. Los rezos, que se elevaban en comunidad, se convertían en deseos tan ciertos como las noticias publicadas en la actualidad. Se cree ahora en las noticias como en cualquier credo diario.
Para Bergman, las oraciones no servían de nada si no las acompañaba una riqueza interior, una generosidad que nacía del contacto con lo espiritual. Tal vez ahí radique la nueva forma de rezar: en algo alejado de una Iglesia estratificada y lenta, en una buena intención ética, en la felicitación sincera y el deseo íntimo de que alguien viva en paz y con salud muchos años. Un pensamiento noble resulta difícil de hallar en los medios. En ese caso, quien sepa rezar así, que no lo haga tan sólo por el Rey.