Opinión
Conversos de conveniencia
Por Manolo Saco
Los conflictos más enquistados, aquellos que perduran siglo tras siglo sin aparente solución, tienen su nacimiento en la infeliz conjunción de nacionalismo y religión, una mezcla explosiva, y casi siempre inseparable, que con su reguero de muerte ha hecho más por la contención demográfica que todas las hambrunas y epidemias juntas.
Historiadores y filósofos llevan más de un siglo anunciando que el nacionalismo, como extensión de un sentimiento tribal que es, pertenece a la infancia de la humanidad, y que, como tal, será el progreso quien se encargará de abrir los ojos a los componentes de una futura generación adulta. También dieron por muerto a dios (Niestzche, dixit) en la creencia vana de que la ciencia, según va explicando los misterios terrenales (los rayos, las inundaciones, la vida, la enfermedad, la muerte...), apenas dejaría espacios donde pudiesen refugiarse las religiones.
Unos y otro erraron porque en los ingredientes del cálculo se olvidaron de incluir el elemento principal: el negocio, el poder. Nacionalismos y religiones son un inmenso negocio y una máquina de poder muy superior al dinero. El Papa o Bin Laden, o el verbo de cuantos Hitler han sido, poseen un poder infinitamente mayor que el dueño del imperio Microsoft: el poder sobre las conciencias, sobre los sentimientos que escapan al análisis racional.
En la imaginería del cristianismo, el diablo dedica todas sus artes a atesorar almas en el infierno, y al parecer es el único motivo de su existencia (vaya pareja: dios, fabricando almas en cada polvo, y el diablo, intentando quedarse con ellas). Es capaz de las más desmesuradas promesas (eterna juventud, inmensos tesoros) con tal de comprar las almas. El diablo sabe, como los dioses y los sacerdotes que los administran, que el poder radica en el dominio de las voluntades.
Los hombres también hemos aprendido a temer más a los dioses que a los reyes (por eso la alianza entre el poder terrenal y los sacerdotes es insuperable), mucho más crueles, capaces de urdir castigos infinitamente más atroces. En nuestra Edad Media, judíos y moros hubieron de escapar a la ira de los administradores cristianos del poder divino con conversiones masivas, y uno de los trabajos de la Santa Inquisición consistió en buscar y descubrir a los falsos conversos, fueran judíos, fueran mudéjares (Mudayyan: “aquel a quien se le ha permitido quedarse”). Tras la toma de Granada por los Reyes Católicos, la mayoría de los musulmanes optaron por la “conversión” para salvar el pellejo y sus haciendas. Curiosamente, fue el cardenal Cisneros, el ideólogo de las purgas, quien había calificado como “renegados” a los cristianos de Granada que se habían convertido antes al Islam. Unos y otros, moros , judíos y cristianos, eran conversos de conveniencia según el lugar donde les tocara vivir.
Como ha ocurrido con los dos periodistas de la cadena de televisión norteamericana Fox, quienes, tras trece días de secuestro en Gaza por parte de las “Brigadas del sagrado Yihad”, acabaron por “convertirse” al Islam para salvar sus vidas. Ahora me asaltan varias preguntas. Teniendo en cuenta que la cadena Fox es una de las que más ha apoyado la política intervencionista de Bush, y por tanto, pro judía, ¿esa pantomima de conversión podría considerarse una venganza musulmana por la afrenta histórica de las conversiones en masa a las que fueron obligados sus antepasados? Y si ahora, después de su liberación, confiesan que su conversión era un burla, ¿podrán ser sometidos a una fatwa, una condena a muerte, por renegar de su nueva religión? Un lío, de verdad.
Lo cierto es que sin el ingrediente divino, las guerras por el petróleo, por el agua, por las minas de diamantes o por una porción más de territorio no son más que una ordinariez. Sólo los inventores de dioses saben añadirles ese plus de crueldad imprescindible para diferenciarnos de los animales.