Opinión
La cosa ajena
Por Antonio Caballero
-Actualizado a
Y se van tan tranquilos, como si nada. Dejan a sus espaldas –pero sobre las espaldas de otros– un país deshecho por los bombardeos y los combates, saqueado desde las reliquias prehistóricas de los museos hasta el petróleo del subsuelo, arruinado y sumido en una triple guerra civil entre sunitas, chiítas y kurdos. Se van como si tal cosa, habiendo declarado por dos veces “ganada” esa guerra inútil que todos perdieron: la primera vez cuando el presidente estadounidense George
W. Bush, disfrazado de piloto de combate, dijo mentirosamente que ya estaba la misión “cumplida”; la segunda, ahora, cuando siete años más tarde el presidente Barack Obama anuncia de manera igualmente mentirosa que retira sus tropas victoriosas, y en realidad mantiene desplegados o replegados en Irak a más de 50.000 soldados derrotados, por si acaso.
Hace mil años, cuando lo de Vietnam, un asesor del presidente Richard Nixon le dio un sabio consejo:
–“Presidente: anuncie que ganamos la guerra, para que podamos irnos”.
Y así se hizo.
Porque claro, el invasor se puede retirar de la guerra. De Vietnam ayer, de Irak hoy, de Afganistán mañana; como se retiró Napoleón, para poner un ejemplo, de Rusia o de España, derrotado. Pero el invadido no. Y el problema que tienen ahora los gobernantes de Estados Unidos es que, por primera vez en su historia, los invadidos son ellos. Por ese terrorismo que llaman “islámico” (el de las Torres Gemelas de Manhattan) que es, en realidad, respuesta a una larga empresa de invasión. Tienen el problema de que la guerra tiende ahora a desarrollarse en tierra propia, y no ajena, aunque hubiera empezado por la codicia de la riqueza ajena, y la consiguiente defensa propia.
Una pregunta: ¿dónde se traza el límite entre la defensa propia y la conquista de la cosa ajena? Un historiador decimonónico –creo que Edward Gibbon– explicaba con sorna que la Roma imperial había conquistado todo el mundo antiguo “en defensa propia”. Y un caricaturista de hoy –creo que Oliphant– dibuja con igual sorna a un par de petroleros tejanos de sombrerote Stetson que se preguntan con sincera sorpresa ante un mapa de Irak:
–“¿Y por qué vive esta gente justo encima de nuestro petróleo?”