Opinión
El cuento chino de las Cajas
Por Juan Carlos Escudier
A diferencia de los pobres de aquí, que siempre estropean las fotos de los turistas y por eso el empeño de Gallardón en ocultarles tras un biombo, los chinos de la misma China son señores a los que da gusto exhibir ante cualquier monumento y en cualquier accionariado. El dinero hace propio al forastero, que decía Quevedo, y en busca de estos nacionales de ojos rasgados, habitantes del nuevo Eldorado, ha ido Zapatero a Asia, desde donde estos días nos llegaba la buena nueva: la expedición había encontrado el tesoro, que está en Pekín y no en el Amazonas como creía Orellana.
Si Marco Polo trajo de China el concepto de papel moneda, se aseguraba que nuestro aventurero presidente se disponía a regresar con toneladas de estos papeles para recapitalizar las cajas de ahorro, un total de 9.300 millones de euros, que podían haber sido más, pero ni se quería sobrecargar el avión ni engañar como chinos a los chinos, que para colmo nos consideran sus mejores amigos de Europa. De una tacada Zapatero iba a conseguir el 60% del saneamiento de un sector que, alborozado, abría los brazos y el resto de sus extremidades a sus reyes magos de Oriente.
La sorpresa llegaba ayer con un rotundo desmentido en chino de su principal fondo soberano, que obligó al Gobierno a reconocer que, deslumbrados por tanto fulgor amarillo, debieron de malinterpretar a Xie Ping, el vicepresidente de la Corporación de Inversiones de China, que a lo más que llegó fue a decir que están dispuestos a estudiar cualquier oportunidad inversión, incluida la de las cajas españolas, sin precisar cantidad alguna. Y colorín colorado, el cuento chino se había acabado.
Por muchos esfuerzos que se hagan resulta casi imposible entender el despropósito, atribuible en exclusiva al séquito de Zapatero. Metidos en faena, nadie como esta gente para empañar cualquier éxito y convertir un día de fiesta en un lunes laborable. ¿No bastaba con informar de que los chinos estaban dispuestos a comprometer una cifra importante en el capital requerido a las entidades financieras? ¿Era necesario caer en un nuevo y espantoso ridículo?