Opinión
Deuteronomio
Por Espido Freire
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Es bonita la idea de plantar árboles: inofensiva, también. Inmediata, visible a un plazo cortísimo, y con unos beneficios innegables. Es bonito que piensen en ello los políticos, y especialmente conmovedor que lo recuerden en estos momentos, que asuman de esa manera que los ciudadanos nos ilusionaremos y lo tendremos en cuenta. Muestra fe en nuestro carácter ecologista, incluso en nuestra generosidad. Se plantan árboles para que los hijos tengan manzanas, para que los nietos obtengan un columpio. Limpios, generosos, sin exigencias. Qué cómodos, los árboles. ¿Quién puede oponerse a que los planten?
No es exactamente igual que controlar los ahorcamientos de galgos por los cazadores. Ahí sí, el tema se complica. Hay sangre, mentiras, enfrentamientos. No hablemos de las corridas de toros. No es el momento. Entre las dehesas saturadas de encinas que se habrán plantado a toda velocidad continuarán corriendo los toros de lidia, al parecer muy necesarios para el equilibrio del ecosistema hasta el momento en que los conducen a la plaza.
Ah, el medioambiente. Qué fácil arreglarlo cuando se busca la opción fácil. Árboles. Cuando era niña vi a mi padre plantar varios centenares de ellos. Eran eucaliptos, el árbol de moda en Galicia, que llenó de celulosa y de contaminación las mismas tierras que poblaba, a las que dejó sin nutrientes, sin agua, pasto fácil de los incendios. Las chicas plantábamos lentejas entre los arbolitos, que crecían de mes en mes, en un ingenuo intento de nitrogenar la tierra. Amábamos la naturaleza, pero no sabíamos cómo defenderla. ¿La aman aquellos a los que encargamos defenderla?
El Deuteronomio hablaba de los pactos rotos con Dios, del sufrimiento que conllevaba la desobediencia. La culpa y el recuerdo servirían de recordatorio para no cometer errores similares. Los delitos ecológicos, con penas irrisorias, no imponen ni previenen. Tras vertidos, derrames de petróleo, incendios, animales apaleados, perros abandonados, riachuelos contaminados, llegan los árboles salvadores. En busca de milagros, de promesas rotas de antemano, de mares donde no queda qué pescar.