Opinión
El día de la Bestia en el Congreso
Por Manolo Saco
Ayer estuve a punto de creer en el diablo, y, por extensión, en dios, lo que habría sido una catástrofe para mí y mi reputación.
Resulta que, al parecer, ayer era un día mágico, el día de la Bestia, pues siguiendo unas supuestas profecías del Apocalipsis de San Juan, se daba en el calendario la infeliz conjunción del 666 (6 del 6 de 2006), el número favorito del diablo. Andaba yo enredando por la red, leyendo lo que se escribía sobre el asunto, cuando veo que, según algunos intérpretes de la profecía, podríamos sufrir “un terremoto de ocho minutos”, entre otras desgracias en día tan aciago. ¿Ocho minutos de terremoto? Considerando que terremotos que han durado apenas unos segundos han provocado la muerte de decenas de miles de personas, ¿cómo sería la destrucción de un terremoto de ocho minutos? Porque esto de los terremotos es como los orgasmos: son unos exagerados, duran un par de segundos (bueno, tres o cuatro) pero parece que se prolongan una eternidad.
Estaba, pues, en estas cavilaciones, cuando mi casa comenzó a temblar. Un orgasmo no era, pues mi mejor órgano sexual (Woody Allen dixit) lo tenía ocupado en ese momento en leer cosas terribles sobre el diablo. ¿Era, pues, un terremoto? Me acordé de que los profetas del Apocalipsis, Rajoy, Acebes y Zaplana, estarían en ese momento en el Congreso lanzando sus profecías del fin del mundo, tras haber identificado a ETA con el inquilino de la Moncloa. Ya está, me dije, el terremoto tiene epicentro en las Cortes. Me lancé al televisor, y por el telediario veo de pronto hablar a alguien muy parecido a la Bestia, con los ojos inyectados, el dedo acusador enarbolado, anunciándonos a todos los que no pensamos acudir a la próxima manifestación de la AVT-PP que nuestros días están contados. Se veía el terror dibujado en las caras de “todos los partidos excepto el PP”, pero los escaños no se movían ,y mi casa seguía temblando. Lo parecía, pero Rajoy no era la Bestia.
Salí a la escalera, donde me encontré con varios vecinos preocupados, resignado a soportar que alguien nos confesara haber visto al diablo de la profecía. Pero no. A quien habían visto era a uno de los obreros de la remodelación faraónica de la M-30 que pasa rozando mi casa, el cual les había explicado que los temblores estaban provocados por las máquinas que perforan el subterráneo que construyen enfrente. Que nos tranquilizáramos. Quizá la Bestia sea Ruiz Gallardón.
En cualquier caso mi reputación estaba a salvo. Un día de estos habrá una desgracia como la del Carmel, mi casa se hundirá, pero mi reputación quedará en pie. Y es que los malos presagios me persiguen todavía ahora en que os escribo estas líneas. Tengo un mal cuerpo desde esta mañana cuando escuché por la radio una entrevista con un tal Padre Fortea, un cura especializado en endemoniados. Cuenta con página web, con foto, y curiosamente, y por sarcasmos de la vida, tiene la misma cara con que dibujaban al diablo en mis libros escolares de la infancia: barba sin bigote (a este tipo de gente con la cara rodeada de pelos como un marco de ventana la conocen en Andalucía como los “asomaos”), nariz ganchuda, cejas pobladas, y vestido de negro tenebroso. Sólo le faltan los cuernos, pero se libra porque los curas no se casan.
Este sacerdote disfrazado de demonio dice ser el párroco de un pueblo de Madrid y, según él, experto en exorcismos, un demonólogo. El parecido con su enemigo no debe extrañarnos, pues es la frecuencia de trato lo que induce a que los miembros de la pareja se imiten: dos enemigos como marido y mujer, por ejemplo, acaban pareciéndose al cabo de unos cuantos años de matrimonio, al igual que los dueños a sus mascotas. Si entráis en su web (www.fortea.us) comprenderéis por qué una de las prioridades del gobierno de Zapatero debería ser la desaparición de la religión como asignatura del bachillerato.
Porque ahora imaginaos que tenéis la mala suerte de que vuestros hijos tropiecen en clase con el padre Fortea -al que supongo en su parroquia asustando desde el púlpito a las beatas con visiones terribles del infierno- donde aprenderán a distinguir al diablo de una raíz cuadrada o de una hipotenusa, o que “los fantasmas son apariciones de personas que están en el purgatorio”, que “el demonio puede mover cosas a voluntad o provocar ruidos u olores”, que algún lugar de vuestras casas “puede estar infestado por el diablo”, que a lo mejor, alguno de vuestros hijos está “poseído por Satanás, padece mal de ojo, o algún maleficio o hechizo”...
Él, al fin y al cabo, sólo es arcipreste, un pequeño eslabón en la escala trófica de la Iglesia, apenas la correa de transmisión del anterior Papa Woytila, que en sus años mozos de cura también se creía con poderes para expulsar el demonio de los posesos. ¿De verdad os imagináis a un tipo así, suelto por los pasillos de los colegios, olisqueando a vuestros niños en busca de un rastro de olor azufrado que delate quizá al Maligno agazapado en sus cuerpecitos?
Angelicos míos: y vosotros preocupados por si vuestros hijos caen en manos de un cura pederasta.
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(Meditación para hoy: después de las insensateces vertidas por Rajoy ayer en el Congreso, ¿qué os parece si probamos a rociarle a traición con agua bendita?