Opinión
Dr. Jekyll y Mr. Hyde
Por Ciencias
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ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO
* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, en Burgos
Somos una especie con un marcado carácter social. Sin duda, el primate más social que jamás ha existido. Y esa sociabilidad está relacionada de varias maneras con el gran tamaño de nuestro cerebro. Los adultos alcanzamos un promedio de unos 1.350 centímetros cúbicos, cifra a la que se llega cuando cumplimos siete años. Para lograr esta hazaña biológica necesitamos que nuestro cerebro crezca más deprisa que el de nuestros parientes vivos más próximos, los chimpancés. Al nacer ya tenemos un cerebro de unos 300 centímetros cúbicos, duplicando así el tamaño del neonato chimpancé. Pero el cerebro de nuestros recién nacidos está mucho menos desarrollado que el de estos primates; es decir, hemos aumentado notablemente la tasa de crecimiento del cerebro durante la gestación, pero hemos ralentizado en gran medida su desarrollo. Nuestros neonatos vienen al mundo totalmente desvalidos, con un desarrollo neuromotriz muy limitado. Necesitan la protección de sus padres durante varios años, hasta que pueden valerse por sí mismos. La colaboración del grupo social en que nacen es vital para que salgan adelante y, en definitiva, para la perpetuidad de la especie.
Hace unos años nos sorprendió el hallazgo en el yacimiento de Dmanisi (República de Georgia) de un cráneo totalmente desdentado y con el hueso alveolar reabsorbido tanto en la mandíbula como en el maxilar. Lo extraordinario del caso es que ese cráneo tenía un cerebro de poco más de 600 centímetros cúbicos y su antigüedad era de 1,7 millones de años. El proceso de reabsorción del hueso alveolar tarda varios meses en completarse. ¿Quién cuidó de aquel humano primitivo durante tanto tiempo para que no muriera de hambre? En apariencia, y a pesar de las duras condiciones de vida del Pleistoceno, aprendimos muy pronto a ser solidarios dentro del grupo. Un grado más en el carácter social de las especies del género Homo. Pero esta solidaridad intragrupal contrasta con el alto grado de violencia entre los grupos en competencia por los recursos. El canibalismo inferido en el estudio de los fósiles humanos de Atapuerca es un buen ejemplo. En la actualidad, nuestra complejidad social se traduce en una desquiciante y esquizofrénica mezcla de solidaridad y violencia dentro de una misma población formada por miles de individuos. Esta realidad se hace muy visible cada cuatro años, al llegar las elecciones generales. A todos nos gustaría ver y escuchar mensajes positivos y solidarios, pero predomina un espectáculo poco edificante de violencia verbal y descalificaciones que, además, se nos ofrece en directo por televisión. A pesar de la dureza de los enfrentamientos, el señor Rajoy y el señor Zapatero no dudarían en ayudarse el uno al otro de manera solidaria en caso de encontrarse en una situación de grave peligro. O por lo menos, me gustaría creerlo.