Opinión
Una estafa darwiniana
Por Ciencias
ZOOLOGÍA PLAYERA // AMBROSIO GARCÍA LEAL
* Biólogo e investigador de la sexualidad humana.
Desde debajo de mi sombrilla contemplo a un padre que juega con su criatura de pocos años en la orilla del mar, mientras la madre lee una revista sin prestarles la menor atención. Ésta es una situación poco frecuente en el mundo animal. Lo más habitual es que las madres se ocupen de los hijos y los padres eludan pagar su parte del coste de la crianza. Y es que invertir en los hijos es un negocio arriesgado para el sexo masculino, porque la paternidad, a diferencia de la maternidad, raras veces está garantizada.
Una hembra puede tener la seguridad de que sus hijos son suyos: por mucho que su consorte se dedique a seducir a otras hembras, ella no corre peligro de gestar un hijo de una rival. Pero si ella se deja fecundar por otro macho, su consorte trabajará duro para perpetuar los genes de un donjuán en vez de los propios. Por eso, la infidelidad femenina es una estafa darwiniana en toda regla.
Un resquicio para la revancha
Un macho no puede ingresar el capital reproductivo de su consorte en la cuenta de una rival. ¿O sí? Cuando la fecundación tiene lugar dentro del cuerpo femenino tal cosa es imposible, pero la fecundación externa abre un resquicio para la revancha masculina. El macho de la ranita lechera busca un hueco anegado en lo alto de un árbol y canta para atraer a una hembra grávida que desova y se marcha, dejando al padre al cuidado de los huevos.
Pero la inversión de roles sexuales no termina aquí: cuando eclosionan los renacuajos, el padre vuelve a emitir el canto nupcial, sólo que esta vez no fecunda los valiosos huevos que le confía la incauta de turno, sino que los ofrece como pitanza para la prole de la primera hembra. Es una rareza evolutiva, una excepción que confirma la regla de que, en el mundo animal, las hembras son las engañadoras y, los machos, los engañados.