Opinión
La estela gay de Stallone
Por Bob Pop
Sylvester pasó esta semana por España para presentar su último Rambo, montó masiva rueda de prensa en el Bernabéu –no se puede ser más macarra– y se puso trascendente, que es lo que nos encandila de un señor con una pinta tan bruta como la suya; que, además de coordinar sujeto y predicado, se descuelgue con sentencias de garrafón: “Ser un genio es como una maldición: sólo se reconoce tras la muerte.” ¡Chúpate esa, Lewinsky! Es lo bueno de ser Stallone; que todo el mundo espera muy poco de uno.
A mí lo que de verdad me gusta de Sylvester no es su capacidad para levantar tópicos a pulso, ni la astucia de su gabinete de prensa para hacernos olvidar que el actor, con su Rambo y su Rocky, es parte fundamental del imaginario facha contemporáneo. Lo que a mí me sulivella de Stallone es cómo ha sabido moverse siempre en el delgado filo de lo maricón. Porque un señor que fue capaz de escribir el guión de Fiebre del Sábado Noche –cuando el disco era lo más en el ambiente gay neoyorquino–, de casarse con ese gran mito travesti y politoxicómano que es Brigitte Nielsen o de asumir, antes que nadie, que un buen desnudo frontal merecía un buen siliconazo en el miembro viril –Demolition Man– es, además de un avanzado a su tiempo, todo un icono de ese inquietante fenómeno en ascensión: los gays neocons. Sylvester fue el primero que descubrió ese filón. Se ponga como se ponga Biendicho, es así.