Opinión
La ética de la ciencia
Por Ángeles Caso
Leo en este periódico que un grupo de científicos comienzan a mostrarse preocupados por los efectos que sus investigaciones pueden tener en las vidas de las gentes. Investigadores que añaden a sus artículos o tesis cláusulas en las que rechazan que sus trabajos sean utilizados con fines armamentísticos.
Suelo imaginarme a esos hombres y mujeres de la ciencia pletóricos de entusiasmo, imaginación y rigor, tratando de destripar los raros secretos del universo. Supongo que sus mentes están llenas de ideas sobre los extraordinarios descubrimientos en los que trabajan. Sé que son personas movidas por la única pasión del hallazgo, concentradas en una tarea que a veces parece muy pequeñita en medio de la inmensidad del mundo. Estoy segura de que la mayor parte de ellos trabajan con buena fe, sin prever las posibles consecuencias de su parsimoniosa labor de las que, imagino, no suelen sentirse responsables. Pero a veces la realidad acaba con sus sueños y sólo deja la sensación de catástrofe, como le ocurrió a Robert Oppenheimer, el padre arrepentido de la bomba atómica, que siempre vivió perseguido por la culpa.
La responsabilidad ética empieza a ser una exigencia cada vez mayor en esta sociedad que ya ha conocido demasiados horrores. El gesto, jurídicamente inútil por el momento, de esos científicos objetores me parece un ejemplo a seguir. Y no sólo en lo referente a la guerra: las implicaciones de la ciencia afectan a infinidad de campos que pueden volver nuestras vidas mucho mejores, pero también monstruosas. Quizás ha llegado el momento de que la comunidad científica se pregunte mayoritariamente qué ocurre cuando ellos han apagado sus microscopios y la vida continúa con todas sus miserias y sus crueles intereses a rastras.