Opinión
Por favor, que terminen la chapuza
Por Manolo Saco
Cuando el otro día me quejaba de cómo está de insufrible Madrid, la capital de las manifestaciones y de las obras faraónicas, alguno de vosotros me señalaba que otras ciudades, como Valencia (creo recordar), también están en pie de obra, y que sus ciudadanos viven parecidas incomodidades. Tenemos en España una construcción tan desaforada, entre obra nueva y reformas, que algunos empresarios han tenido que ir a buscar mano especializada (fresadores y no recuerdo qué especialistas más) en Marruecos, pues al parecer ya hemos agotado las existencias internas de obreros cualificados.
Y eso que ya en el tajo la proporción de españoles con respecto a inmigrantes es minoritaria, al menos en la obra de la M-30 que sufro delante de mis narices desde hace ahora un año. De los veintidós obreros que abarcaba mi vista desde la ventana ayer por la tarde (a izquierda y derecha, deduzco por los ruidos, debe de haber una nube incontable de trabajadores), afanados en soldar hierros y alisar cemento, diecisiete son de color (negro, el único que, por cierto no es color; cosas del genio de la lengua), posiblemente subsaharianos, dos parecen sudamericanos de rasgos andinos, otros dos, rubios y de ojos claros, quizá de algún país del Este, y uno, el que manda, con una libretita y un boli en la mano, inequívocamente español, por el acento y la calidad de los cagondios con que increpa a gritos a su cuadrilla.
Es la misma obra que Ruiz Gallardón, el alcalde de Madrid, acometió sin encomendarse a dios ni al diablo, y sin contar con una Declaración de Impacto Ambiental. La misma por la que ahora la Comisión Europea abre un expediente al Ayuntamiento de Madrid, lo que ha llevado a la ministra de medio Ambiente, Cristina Narbona, a exigir al alcalde de la capital que paralice las obras.
¿Paralizarlas ha dicho esta insensata? Los delitos inmobiliarios tienen la característica particular de que son, como su nombre indica, inmobiliarios, es decir, que no hay dios que los mueva. A ver quién es el bonito que le dice ahora a los 30.000 propietarios de viviendas ilegales de Marbella que tienen que levantar el culo de la silla y buscarse otro hogar, porque el suyo es ilegal y hay que tirarlo abajo. Pero dentro de su desgracia, al menos tienen sus pisos terminados y los trámites de un desalojo podrían durar varios lustros. ¿Pero la M-30 la pueden paralizar? ¿Me quieren decir ahora que van a dejarme la calle mangas por hombro sine die, con hoyos como precipicios, con un bosque de hierros que amenaza al cielo, y nubes de polvo y lagos de barro, que parece todo el barrio un escenario para rodar una película sobre los últimos días del Berlín bombardeado?
Salvando las distancias, sería como ponerse a discutir en la mesa de operaciones si el paciente al que le acaban de abrir el pecho para operarle del corazón está al corriente de pago de sus cuotas a la Seguridad Social.
Ahora, ministra, me terminan la chapuza. Que ya habrá tiempo de llevar al alcalde a los tribunales.