Opinión
El feminismo y la pereza
Por Lolita Bosch
Es increíble la habilidad con la que se ha desvirtuado el feminismo. En estos días parece casi una injusticia ante la injusticia de las custodias de los hijos o el drama del maltrato doméstico. Casi nos han hecho creer que el discurso feminista sólo sirve a las víctimas sociales de países machistas y radicales pero que nosotros, aquí, lo hemos superado. Como si fuera un problema del presente. Pero el feminismo no es sólo un movimiento que comenzó quemando sujetadores y acabará cuando erradiquemos los burkas. Sino que ha sido el motor que ha modificado radicalmente el mundo y lo ha convertido en esto que hoy pensamos que podemos llegar a ser. Y que no sólo nos han enseñado, como mujeres, que venimos de (y convivimos con) otras mujeres oprimidas y sin posibilidades y que debemos hacer, por nosotras pero también por ellas, lo que queremos hacer. Ser quien queremos ser. Porque aunque nos cueste entenderlo en algún lugar profundo y sincero, hoy sabemos que tenemos ese derecho fundamental. Y que podemos, si queremos, realizar nuevos ensayos médicos que hablen de nuestros cuerpos, nuevas historias que incluyan el silencio y la impotencia de la mitad de la población y, por supuesto, debemos también ayudar en la liberación de las mujeres que todavía no están, ni de lejos, pensando en derechos fundamentales sino protegiéndose del miedo. Y ese no es un discurso que debe dar pereza, porque no nos parecería repetitivo si en lugar de hablar de las mujeres hablara, pongamos por caso, de los asiáticos o los homosexuales. Y por supuesto no debemos pedir perdón por haber llegado hasta aquí y querer hacer más, saber más. Sabemos con cuántas y cuántas mujeres tenemos una deuda. Con cuántas distinciones nos han enseñado a vivir.