Opinión
Fotos del cuerpo astral
Por Ciencias
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CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL
En 1937, el electricista armenio Semion Kirlian observó, mientras reparaba un aparato eléctrico, un destello entre su mano y un electrodo cubierto de cristal. Decidió fotografiar ese destello luminoso y apareció su mano rodeada de una luminosidad casi fantasmagórica.
El sistema es simple: una placa metálica, que proporciona una descarga de alto voltaje y muy baja intensidad, protegida por un vidrio sobre el que se coloca un papel fotográfico. Encima de todo se pone el dedo, la mano o lo que se quiera. Kirlian pensó que podía utilizarse para diagnosticar enfermedades. Escribió numerosos artículos y en 1963 la Fuerza Aérea de EEUU tradujo uno donde resumía las técnicas experimentales empleadas, pero no se le hizo mucho caso.
Todo cambió cuando dos periodistas, S. Ostrander y L. Schroeder, publicaron el libro Descubrimientos psíquicos tras el telón de acero. Con el fino olfato de los vendedores de best sellers, bastó con cambiar “propiedades eléctricas de los tejidos” por “aura” para que la fotografía pasara a mostrar nuestro cuerpo astral en colorines.
Los parapsicólogos occidentales no dejaron escapar esta oportunidad: Thelma Moss afirmó que no solo se fotografiaba el aura sino también su estado de conciencia (si estaba meditando o bajo la influencia de alguna droga).
Pero ciertos asquerosos científicos negativistas realizaron lo que nadie había hecho hasta entonces: experimentos controlados. Cooper y Alt demostraron que no se fotografiaba nada dentro de una cámara de vacío; curiosa dependencia del aura con la atmósfera. Alain Ledoux mostró con claridad meridiana que la mejor forma de potenciar el aura era sumergirse en un baño de ácido. Es tan potente que hasta una simple hoja de papel acaba mostrando un aura magnífica. Y si añadimos que la intensidad del aura puede aumentarse apretando con fuerza sobre el cristal o colocando un pie sobre un metal, que su color depende del tipo de placa y de si su parte posterior es transparente u opaca, uno se puede imaginar dónde queda “el descubrimiento paranormal del siglo XX”.
Este fenómeno realmente se descubrió en 1777, cuando G. C. Lichtenberg describió las chispas dejadas por el polvo en una placa de resina al aplicar una descarga de alto voltaje con una aguja. Es el efecto corona: cuando una avalancha de electrones producida entre dos electrodos (la placa del aparato Kirlian y un dedo) choca con las moléculas de aire, las ioniza y produce una emisión de un tono azul violáceo. Ni aura ni gaitas.