Opinión
Unos genes más, y sale filósofo el niño
Por Manolo Saco
Una de las imágenes de la España eterna ha sido la del torero, el toreador, el matador, el primer espada. Su imagen de bailarín principal de compañía, extremadamente delgado, ha sido inspiración de pintores desde Goya a nuestros días, y ha poblado los escenarios de las óperas sevillanas, caras de pueblo curtidas por el sol y la mala vida a la intemperie, coronadas por un cuerpo de una delgadez quebradiza fruto de sus orígenes de hambre, de esa hambre que da más cornás que el toro, delgadez que en la opulencia no se podía remediar a fuer de buen jamón, aunque ya podían pagárselo, sin riesgo a ofrecer demasiada superficie de contacto a la cornamenta del animal (a la del toro me refiero).
Esa imagen del torero ha estado ligada a la valentía, y la valentía fue siempre el marchamo de la hombría en el ideario machista carpetovetónico. La taleguilla, ese calzón ajustado, propio de la indumentaria del torero, más que un escudo, una salvaguarda de sus partes pudendas, es en realidad una enfatización de su condición varonil, con sus dos testículos (del latín, “pequeños testigos” públicos, y reconocibles en la distancia, de que se trata de un varón), una exageración con la que disfrutaban los maestros de la pintura del Renacimiento cuando representaban a los reyes y a los nobles que les pagaban, incluso, por dejar en buen lugar sus santos cojones y un pene ridículamente descomunal.
Yo no sé si la frase castiza de “con dos cojones por delante” viene también del arte (¿) del toreo, por esa forma de arquear el cuerpo cuando se cita al toro, que más que una pose de ballet parece un aviso a la mala bestia de que debería considerar con quién se está midiendo antes de arrancar con malas intenciones.
Los toreros de hoy continúan la senda de sus atepasados en eso de seguir echándole huevos por delante a su oficio, pero su delgadez ya sólo es el síntoma de una buena forma física en el gimnasio con la que sobrellevar el duro trabajo de torturador, porque algo fundamental ha cambiado en sus fisonomías: sus rostros se han dulcificado porque la mayoría ya no procede del lumpen, sus semblantes no han sido dibujados ya por el hambre y los meteoros, algunos son rubios, guapos, de ojos claros, y bien podrían pasar por maniquíes profesionales de pasarela. ¿Qué ha ocurrido? Pues que cada vez son más los hijos de los toreros, criados en buena cuna y al resguardo del relente, los que han tomado el relevo de sus padres. Toreros que no conocieron jamás las cornás del hambre, matadores que practican, como dice un amigo mío, el toreo pijo, de posturitas, de postal, de fotografía perfectamente encuadrada, toreros afeitados con el mismo esmero con que afeitan a los toros con los que han de enfrentarse. Bueno, él sabrá, no entiendo de animales.
Pero algo de eso debe de haber. Si no, veamos el caso de Francisco Rivera Ordóñez, hijo de Paquirri, y nieto de Antonio Ordóñez, biznieto de Cayetano Ordóñez, el Niño de la Palma, sobrino de Curro Vázquez y de Luis Miguel Dominguín, y primo hermano del también torero José Antonio Canales Rivera. Uno genes más, y sale filósofo el niño. Pues a lo que iba, este torero, cuya torería y por tanto hombría, y por tanto valentía, está impresa en su ADN, tiene que pagar una multa de150 euros por haber hecho algo inexplicable en un torero en la Feria Taurina de A Coruña el pasado 25 de agosto: tirar al suelo la oreja que graciosamente le había solicitado el público porque “tenía piojos y garrapatas”.
Cuando leí ayer la noticia me dije: ni lo de Irak (con 32 civiles muertos por los norteamericanos, entre ellos diez niños), ni la noticia de que el Fiscal General del Estado vaya a darle inexplicables explicaciones al presidente balear, Jaume Matas, sobre futuras intervenciones de la fiscalía en el entramado del ladrillo en las islas, ni siquiera la bajada de pantalones del gobierno ante los curas y su asignatura para torturar a los niños... nada en este mundo cobra una importancia tan planetaria como que caiga el mito del torero valiente, inspiración de pintores, poetas, literatos y músicos a lo largo de la historia. ¡Un torero que le tiene miedo a los piojos y las garrapatas!
Ante semejante desilusión, yo me pregunto ¿de qué estarán hechos lo toros de ahora que un señorito como Francisco Rivera, al que le aterrorizan los insectos, no les tiene miedo? Y más, aun, ¿qué esperaba el torero de una oreja de un toro bravo, una depilación, quizá un rastro perfumado de Kelvin Klein? Y todavía más: ¿qué destino le espera a la humanidad si los valores fundamentales se nos desmoronan, víctimas de la higiene y el aumento del nivel de vida? ¿Para qué preocuparse tanto del cambio climático cuando lo que está fallando es la herencia genética? Señor, señor...