Opinión
La genuflexión de De Guindos
Por Juan Carlos Escudier
-Actualizado a
Posiblemente gracias al Pilates, algunos ministros españoles se han distinguido por su impresionante capacidad para flexionar la columna vertebral hasta formar ángulos increíbles respecto al suelo. El más dotado para este tipo de hazaña física fue, sin duda, Josep Piqué, jefe de la diplomacia española con Aznar, del que aún se recuerda su triple reverencia ante Bush en abierto desafío a las mismísimas leyes de la gravedad. La genuflexión de Piqué al recibir al presidente de EEUU a pie de escalerilla fue del tal calibre que habría podido remachar un clavo en el suelo con la frente o ser confundido con un mahometano en plena oración de la mañana.
Sin llegar a tal grado de elasticidad del espinazo, Luis de Guindos ejecutó ayer un plongeon de tomo y lomo, fundamentalmente de lomo, ante la directora gerente del FMI, Christine Lagarde, que visitaba Bilbao para comprobar in situ lo bien que reforma Rajoy. El ministro de Economía acompañó la arriesgada maniobra con un elegante besamanos en señal de vasallaje.
Son nuestros ministros tipos educados, que igual se ponen mirando a la Meca que se dejan guiar por el protocolo de Versalles. Es la forma de saludar de gente que ha mamado el protocolo y que ha acompañado sus lecciones con un duro entrenamiento abdominal que previene la lumbalgia. Cumplimentarían así a cualquiera, ya se tratase del presidente de Venezuela, de un parado o de un inmigrante recién rescatado de la playa del Tarajal. No es que den la mano; es que se postran de hinojos. Les sale de dentro, como el aire de los pulmones.
Convendría, no obstante, algún tipo de contención en esos signos tan evidentes de sumisión, y no sólo porque nuestros representantes ya no tienen edad para maltratar así sus articulaciones. De hecho, podría interpretarse por alguna prensa canalla que tales muestras de cortesía son una pura y simple exhibición de sometimiento al que manda, algo descabellado en un país soberano que llama “préstamo en condiciones ventajosas” a su rescate financiero.
Lagarde, por ejemplo, debe de estar horrorizada ante la implacable libertad de criterio mostrada por el Ejecutivo del PP en esta crisis económica. Ni una sola de sus principales recomendaciones –reforma laboral, bajada de salarios, recorte de pensiones…- ha sido tenida en cuenta por ese rebelde contumaz que es Rajoy, que si de algo presume es de su absoluta independencia de los poderes económicos.
En su intervención de ayer en Bilbao en presencia del rey, la francesa insistió en sus viejas recetas de la abuela: más reforma laboral, menos cotizaciones empresariales y más IVA. Lagarde ignora que con Rajoy no hay troikas que valgan y haría mal en entender que la ceremonial genuflexión de su ministro Economía o la anunciada tarifa plana a la Seguridad Social para contratos indefinidos implican acatamiento. El Gobierno de España no acepta órdenes de nadie, pero saluda que es un primor.