Opinión
¿Hay alguien ahí?
Por Ciencias
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CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL
La noche del 22 de octubre de 1998 empezaron a correr rumores sobre la recepción de una señal de origen inteligente proveniente del sistema estelar binario EQ Pegasi, situado a 22 años-luz. Decía que había sido detectado por un ingeniero de telecomunicaciones británico llamado Paul Dore. Los datos se difundieron por Internet y la paranoia se desató. El asunto empezó a oler a chamusquina al saberse que el supuesto descubridor no se había atenido a los protocolos de actuación establecidos por la Academia Internacional de Astronáutica y el Instituto Internacional de Leyes del Espacio, y que quien lo anunció en Internet lo hizo anónimamente. El informante también decía que el radiotelescopio alemán de Effelsberg –el mayor de Europa– había confirmado la señal, pero fue desmentido por los responsables de operación del instrumento.
Cada vez la historia parecía más una tomadura de pelo. Incluso en la elección de EQ Pegasi: esta binaria había hecho saltar las alertas ese mismo septiembre por una observación hecha desde el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico), que acabó siendo una interferencia terrestre. Eso sí, enseguida aparecieron los autotitulados investigadores de misterios que, viendo cómo los científicos involucrados negaban la información, empezaron a hablar de conspiraciones científicas mundiales.
Pensar que podemos hablar con otros planetas usando ondas de radio es una idea tan antigua como la propia radio. En 1903 Guglielmo Marconi acaparaba el titular de portada de The New York Times: “El anhelo de Marconi es usar la radio con las estrellas”. El italiano manifestaba que sería la mejor forma de comunicarnos con seres de otros planetas. De hecho, al año siguiente dijo que sus estaciones de radio habían recibido señales que podrían ser extraterrestres. Claro que toda esperanza se desvanecía cuando uno se daba cuenta que eran letras del alfabeto Morse… Marconi no se desalentó y en la primavera de 1922 se dedicó a la caza de señales de marcianos –en el sentido estricto– con su barco Electra por todo el Atlántico. La martemanía alcanzó su máximo esplendor los días 22 y 23 de agosto de 1924, cuando bajo la dirección del astrónomo David P. Todd, el Ejército y la Marina de EEUU realizaron un apagón de sus comunicaciones, salvo las estrictamente necesarias, con el loable propósito de detectar cualquier emisión proveniente de Marte. Sus habitantes de nariz de trompetilla no podían defraudarnos y se recibieron “misteriosas señales” en distintas estaciones. ¿Estarían preparando una invasión?