Opinión
Al fin libres, ¿para qué?
Por Manolo Saco
-Actualizado a
El socialista Fernando de los Ríos contaba en “Mi viaje a la Rusia soviética”, apenas cuatro años después del triunfo de la revolución bolchevique, la contestación de Lenin a su pregunta sobre el establecimiento de la libertad en la Unión Soviética. La frase ha hecho historia, y sirve, como la sal, para aderezar todo discurso totalitario, sea de izquierda o de derecha: ¿Libertad para qué?
Cervantes, el muy Quijote, había apuntado siglos antes aquello de “por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”. Por la libertad aventuraron la vida millones de personas en los regímenes gobernados por todos los sátrapas de la Historia. Y no hay avance social que pueda justificar su ausencia porque sólo la libertad, como un supremo control de calidad, puede extender el certificado de que la justicia o el bienestar que se imparten son auténticos y no falsificaciones.
De Cuba acaban de llegar los primeros presos de conciencia liberados por el régimen. Entre ellos, un miembro de Periodistas sin Fronteras, represaliado por creer que al pensamiento, como al mar, no se le pueden poner puertas ni fronteras. Un país que despierta las simpatías del universo progresista, por la capacidad de sacrificio demostrada por su población, por el acoso criminal del vecino del imperio del norte que ahoga su economía y desarrollo humano, por su ejemplo de que quizá aún es posible ensayar y defender un socialismo real en la Tierra, y no en el Cielo.
Pero nada de eso justifica que en la isla los dirigentes todavía se pregunten cínicamente para qué se quiere la libertad, en qué se gastarían su voto los ciudadanos libres, para qué querrán la libertad de expresión o de movimiento. Porque hay una pregunta incontestada que os dejo como meditación para hoy: ¿En qué beneficia a los cubanos la falta de libertad? ¿De qué enemigo les preserva? O, quizá habría que preguntar: ¿A quién beneficia esa ausencia de libertad?
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Siguiendo con la meditación:
Cuando por fin los genocidas son puestos ante la justicia, donde la justicia se puede ejercer con libertad, parecen tener todos la misma mirada, una mezcla de estupor y de altanería. La mirada de los nazis juzgados por el Tribunal de Nüremberg, la de Milosevic, la de Karadzic o la de Videla parecían repetir la misma pregunta: ¿Para esto queríais la libertad?