Opinión
Llanto de niños
Por Público -
-Actualizado a
El mundo entero lloró, nos dicen, al ver por televisión el llanto de despedida a su difunto padre de la niñita de Michael Jackson, el cantante que acaba de morir. También lloró el mundo hace unos cuantos años al ver por televisión la despedida de los niños de la princesa Diana de Gales a su madre muerta. Y las transmisiones televisadas de funerales son lo bastante antiguas como para que recordemos cómo lloró todo el mundo cuando vió despedirse de su padre asesinado, con un desmañado y lloriqueante saludo militar, al niñito del presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy.
Y yo no sé a ustedes. Pero a mí, en los tres casos, se me vino a la cabeza la idea de que muchas tuvieron que ser las bofetadas recibidas por los niños del cantante, de la princesa y del presidente para conseguir que, puestos de golpe en la pupila del ojo de la televisión mundial, supieran despedirse de sus padres respectivos de tan histriónica manera: para poner a llorar al mundo.
A eso también debería llamárselo explotación criminal de la infancia desvalida: prostitución infantil.
Pero les pasó lo mismo a sus padres cuando eran niños. ¿Han pensado ustedes en la cantidad de bofetones que debió de recibir cuando pequeño, de mano de su padre, este recién fallecido Michael Jackson para que pudiera llegar a cantar como cantó, a bailar como bailó, a hacer tanto dinero como hizo y a ser tan desgraciado como fue? Su caso recuerda irresistiblemente el de otro chiquillo desgraciado y genial, Wolfgang Amadeus Mozart. Pero también el del niñito Kennedy, que recibió incontables palizas de su propio padre para que aprendiera que tenía que llegar a ser presidente de los Estados Unidos. O el de los principitos ingleses, que al menos por ahora se han salvado de la decapitación.
A mi propia hija se lo tengo dicho: te partiré la cara a bofetadas si te dejas convencer por la fuerza de que tienes que llorar en mi entierro.