Opinión
El lucro
Por Antonio Caballero
Acaba de morir en la selva colombiana, en un bombardeo, el segundo al mando de las FARC, la guerrilla campesina más antigua del mundo. Al mismo tiempo se lanzaba en Nueva York, y en media docena de idiomas, el libro en que la vedette mediatico-política colombiana Ingrid Betancourt narra su terrible secuestro de siete años a manos de esas mismas FARC. Los dos hechos muestran la doble cara del grupo insurgente: la política y la criminal. Falta una tercera, que las une a ambas: la económica. Las FARC son, además, un emporio del narcotráfico.
Empezaron siendo una organización de autodefensa campesina en los años cincuenta del siglo pasado; a partir de los sesenta se transformaron en una guerrilla formal de inspiración comunista; y se volvieron narcotraficantes en serio hace 20 años: cuando la “guerra frontal contra las drogas” emprendida e impuesta por los gobiernos de los Estados Unidos convirtió ese negocio en el más lucrativo del mundo, lo cual hizo que Colombia, país productor, empezara a ser corrompida por él en todos los aspectos. Las guerrillas de las FARC no son una excepción, sino un ejemplo.
Y un ejemplo no sólo en Colombia misma, sino a escala global. El tráfico de drogas –que sirve de rebote para alimentar el tráfico de armas en el que participan todos los países desarrollados– sostiene la casi totalidad de las guerras internacionales o civiles que se dan en todos los continentes, sean de índole nacionalista, étnica, religiosa o política y social. Tanto aquella casi inverosímil guerra de guerrillas que dirigían dos niños drogadictos de doce años en la frontera selvática entre Birmania y Tailandia, de la cual no se volvió a saber nada, como esta de Colombia que su muerte –natural– hace dos años comandaba un viejo campesino llamado Tirofijo.
Ese lazo que existe entre el tráfico de drogas y los movimientos políticos armados lo reconocen las autoridades, e incluso han forjado una palabra para describirlo: narcoterrorismo. Narcoterroristas son los talibanes para el Gobierno afgano y sus aliados de Occidente, y los independentistas chechenos para el Gobierno ruso, y los guerrilleros de las FARC para el colombiano. Y lo son, sin duda. Pero las autoridades atribuyen esa coincidencia a la perversidad intrínseca de los narcoterroristas, que los lleva a ser ambas cosas a la vez. Y no a la perversa decisión de esas mismas autoridades que, al prohibir los narcóticos, los convirtió en una inagotable fuente de lucro.