Opinión
Lumet, por ejemplo
Por Varios Autores
CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA
A sus 84 tacos, el muy venerable director Sydney Lumet se ha descolgado con una película magnífica, tan amarga como estremecedora: se trata, como los lectores espabilados sabrán sin duda, de Antes que el diablo sepa que estás muerto, o de cómo una mala situación (pero que todavía tiene arreglo) se convierte en un desastre sin recuperación posible a causa de la codicia, la estupidez y la inconsistencia moral. Seca, dura y concisa como un garrotazo en la cabeza, la visión de este film deja aturdido al más pintado y obliga al más optimista a salir de la sala con gesto meditabundo, si no cabizbajo. Quedan avisados, pero cuidado: que ni ésta ni cualquier otra sinopsis más o menos sombría les disuada de acudir a ver esta lección de composición narrativa (Lumet conduce el relato con deslumbrante magisterio) e interpretativa
(el trío Albert Finney-Phiplip Seymour Hoffmann-Ethan Hawke funciona a pleno rendimiento, y Marisa Tomei está perfecta en el papel de cabeza de chorlito caprichosa e infiel). En fin, no les explico nada más, no sea que la pifiemos, pero resumiendo, no se la pierdan.
Veteranía
Argumentos, por favor
En una entrevista, al preguntarle qué le había decidido a rodar Antes que el diablo…, Lumet no titubeaba: “El argumento”. Y añadía: “La historia me pareció muy ingeniosa, muy inteligente, cargada de tensión y melodrama de primera calidad. El melodrama, ¿sabe?, es un género que no gusta mucho ahora, pero a mí me encanta”. Santas palabras que más de uno haría bien en tatuarse en algún lugar visible de su anatomía. Abundan en el cine catalán, y en el español, películas facturadas con corrección, incluso con brillantez formal, pero faltadas –o carentes del todo– de argumentos, de buenas historias que las sostengan. Contra eso, fijémonos en lo que recetan los maestros –Lumet, por ejemplo– con astuta sencillez: más melodramas y menos gaseosas.