Opinión
El mareo de Darwin
Por Ciencias
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA
* Catedrático de Física Atómica Molecular y Nuclear en la Universidad de Sevilla
Hoy se celebra el 200 aniversario del nacimiento de Darwin y recibimos ingente información sobre su vida y obra. La importancia de ésta es tal que no llegaremos a la saturación y la disfrutaremos en todo momento. Sin embargo, hay un aspecto que seguramente se mencionará poco y lo considero de relevancia especial en el famoso viaje de Darwin en el Beagle.
El joven Darwin, como todo retoño de familia noble de la época, era un auténtico zascandil. Todos ellos se pasaban la vida paseando a caballo, cazando y yendo a clase en Oxford o Cambridge sólo en el peregrino caso de que intuyeran que iba a ser divertida.
Al capitán del ‘Beagle’, un joven aristócrata llamado Fitzroy, le encomendaron una exploración geográfica a lo largo y ancho del mundo que le entusiasmó. Pero semejante odisea tenía un inconveniente peor que todos los peligros que conllevaba: el aburrimiento. A ver con quién iba a charlar, porque no era cuestión de codearse con los oficiales cuya única tarea era cumplir sus órdenes sin rechistar. Fitzroy encontró la solución: le acompañaría un naturalista de buena familia. Al no ser marino, jamás pondría en cuestión sus órdenes y deseos; al no ser subordinado, podría tratarlo como igual si, efectivamente, era tan aristócrata como él. La demanda de Fitzroy corrió de boca en boca por los clubes, aulas y salones, pero lógicamente, aquello provocaba más risa que otra cosa entre los zascandiles. Varios años encerrado en un barco, arriba y abajo, olas van y olas vienen, para distraer al capitán, ¡vamos, anda! Pero hubo uno que picó: Charles Darwin, quien solicitó el puesto y le fue concedido de inmediato.
El mayor calvario sufrido por el protagonista de la hazaña científica no fue aguantar a un capitán al que no tragaba, sino que Charles Darwin sufrió durante cinco años de mareo. Era de la clase de persona, escasísima, que la náusea marítima se le hacía crónica no mejorando un ápice con el tiempo como suele suceder al común de los mortales. De hecho, escribió: “La agonía excede lo que una persona que haya estado sólo unos pocos días en el mar puede suponer”. Si el lector lo ha sufrido seguro que le cuesta imaginar que Darwin soportara tan tremendo sinvivir durante tanto tiempo. Para colmo de desdicha, Darwin en tierra, libre de mareos, padeció en todo momento fuertes trastornos intestinales. Cuando les expliquemos a nuestros hijos o alumnos en casa o en el instituto el fascinante origen de las especies por medio de la selección natural, no estará de más que resaltemos que aquello no fue el producto de un viaje de placer. Darwin tuvo infinidad de oportunidades de regresar a casa, pero algo tendrá la ciencia que hizo que superara las malas relaciones personales, las diarreas y, sobre todo, el mareo durante casi cinco años.