Opinión
Los mendigos
Por Varios Autores
CUALQUIERA TE DICE NADA// ALBERTO OLMOS
Las principales ciudades del mundo están orgullosas de sus museos, de su vida nocturna, de las películas que han rodado en ellas; de los famosos que nacieron en sus calles; de las batallas que fueron libradas tiempo ha bajo su asfalto; de sus escándalos; de las firmas comerciales que mantienen allí sus sedes; de su natalidad, de su renta per cápita, de sus Olimpiadas. Sin embargo, lo que hace grande a una ciudad no es toda esa bisutería publicitaria, sino algo que brilla poco: los mendigos.
Si una ciudad no tiene miserables, si en la calle principal no se perciben las postas de la pobreza, tenemos la impresión de encontrarnos en un lugar a medio desarrollar, en un municipio que aún no dio el estirón capitalista. Se necesita esa prueba de velocidad que es ver a varias personas quedarse detenidas en la indigencia, sin un puto duro y mascando hambre, para entender como grande una ciudad, para que el turista salga satisfecho y sus fotos condimentadas. Si eso no existe, no somos felices. Más que a Dios, lo que necesitamos inventarnos son desgraciados, menesterosos, Terele Pávez durmiendo entre cartones. Incluso pagaríamos a actores para que hicieran de mendigos (ya estos muchas veces nos parecen de mentira: tan impecablemente pobres, tan naturalmente por debajo). A lo mejor los mendigos son todos actores, un estratégico divertimento municipal, la mejor película para la que nunca sacamos entrada; el cine necio: ver sufrir.