Opinión
Metrofobia
Por Ciencias
El juego de la ciencia// Carlo Frabetti
* Escritor y matemático
Un poema que leí en mi juventud empezaba diciendo algo así como: “¿Qué nos importa que un hijo de puta haya inventado un aparato para medir la primavera? Mientras tú y yo tengamos brazos para abrazarnos y labios para besarnos...”. No recuerdo el título ni el autor del poema, pero sí la sorpresa que me produjo su lectura. ¿Cómo podía alguien indignarse ante el mero hecho de medir algo? Supongo que el poeta quería expresar, de una forma a mi entender bastante desafortunada, su rechazo hacia un materialismo (en el mal sentido de la palabra) que tiende a reducirlo todo a cifras; la contraposición entre la medición de la primavera y la capacidad amatoria del autor del poema así parece indicarlo.
Independientemente de que la forma en que el poeta expresa sus sentimientos sea más o menos afortunada, cabría preguntarse si esa medición que tanto le repugna es posible. ¿Se puede medir la primavera? Por supuesto. Si se puede medir un terremoto, también se puede medir la primavera: se trata, simplemente, de establecer un patrón, unos parámetros cuantificables, unos referentes claros. Por ejemplo, si asignamos a la primavera ideal una cierta temperatura, unos niveles de luminosidad y cromatismo, unas intensidades aromático-florales y acústico-pajariles, etc., podemos valorar un día de primavera concreto según una escala del 1 al 9. Lo que no podemos hacer es confundir esa puntuación con la primavera misma, pensar que un número en una escala convencional la define o da plena cuenta de ella. Pero tampoco la puntuación de un terremoto en la escala de Richter lo define (solo da una idea de su capacidad destructiva en función de unos criterios preestablecidos), y ningún poeta, que yo sepa, ha arremetido contra ella.
¿Por qué ciertas mediciones suscitan en algunos un rechazo irracional? Esta aversión, que bien podríamos llamar metrofobia (aunque, curiosamente, en psiquiatría se llama así a la aversión a la poesía), probablemente tenga que ver con la vieja batalla entre la reflexión y el mito de la que hablaba Hölderlin (un poeta al que, por cierto, no habría escandalizado la medición de la primavera). Una batalla que se libra tanto en la sociedad como en el interior de cada individuo y que nos lleva, por una parte, a medir y a clasificar (en ocasiones de forma abusiva y reduccionista), pero, por otra, a mantener algunas cosas envueltas en una bruma de misterio. Cosas como el amor, el mito nuclear de nuestra atribulada cultura. O como la primavera, su escenario privilegiado y su metáfora recurrente.