Opinión
El miedo a ser llamado poco patriota
Por Manolo Saco
En los Estados Unidos, actor y de izquierdas son en la práctica términos antitéticos. La gran industria de Hollywood, entendida como la punta de lanza de la propaganda patriótica, está en manos de los conservadores, y corren de mano en mano las listas negras de los actores activistas de los derechos humanos como un aviso para navegantes, una llamada al disimulo para los militantes de izquierda que deseen continuar trabajando. Woody Allen ni siquiera se pasa por allí para recoger un oscar. Tim Robbins, Jane Fonda o George Clooney apenas consiguen arrastrar a sus compañeros de profesión a las manifestaciones contra la guerra de Irak.
Sí prosperan, en cambio, los tipos como Ronald Reagan, quien antes de ser presidente de los Estados Unidos ya era famoso por sus servicios como soplón ante la comisión de la caza de brujas del senador McCarthy, o directores como Elia Kazan, delator también contra sus antiguos compañeros del Partido Comunista, o bien actores (¿) inclasificables como Charlton Heston, hoy presidente de la Asociación Nacional del Rifle que agrupa a su alrededor a la extrema derecha de aquel país, apoyo fundamental en la campaña presidencial de George W. Bush, o ese monumento a los esteroides conocido como Arnold Schwarzenegger, a la sazón gobernador de California y generoso expendedor de condenas a muerte.
George Clonney tiene la suerte de que, además de gustarle a rabiar a mi mujer, convierte en éxito de taquilla todo lo que toca, apoyado en su palmito de ser el hombre más sexy del mundo. Ello, quizá, le ha convertido en un intocable, lo que le permite invertir su renta de seductor en la batalla desigual de despertar a sus compatriotas sobre la política imperialista y arbitraria de su presidente. Clooney acaba de arremeter contra la tibieza de los demócratas de su país en el asunto de la guerra de Irak. "Por eso me enloquece oír -dice- a todos estos demócratas diciendo 'fuimos engañados'. Me apetece gritar: 'que os jodan, no fuisteis engañados'. Teníais miedo de ser llamados poco patriotas". Y esto es todo un manifiesto revolucionario, en un país donde la ley más arbitraria contra el terrorismo se llama Patriot Act, Ley Patriótica, en la que quedan en suspenso parte de los derechos humanos.
Aquí en España sabemos muy bien qué significa eso de ser patriota. Alguien dijo que el patriotismo es el último recurso de los granujas. Se te perdona que seas un canalla, pero que no seas un patriota, jamás. Es un sentimiento elemental que, bien utilizado por sociedades bien organizadas, puede dar muchos réditos, pues no hay que estudiar para llegar a ser un buen patriota, ni trabajar duro, ni hay que practicar ninguna virtud especial. Cualquier imbécil puede licenciarse con nota en la carrera de patriota. Basta con nacer en Vizcaya, Burgos o Castelldefels para traer bajo el brazo el pan de la patria que habrá de ser tu alimento espiritual hasta la muerte.
Cuando yo era más joven, en pleno franquismo triunfante, en las reuniones clandestinas de los grupos de izquierda (había más grupúsculos de partidos que militantes) al cabo de media hora de discusión se establecía una extraña pugna por ver quién era más rojo, una confesión de patriotismo a nuestro modo, porque nadie quería quedarse a la derecha de nadie. Algunos de aquellos conmilitones que de ninguna manera consentían que alguien pudiese posicionarse más a la izquierda que ellos, de tanto doblarse son hoy patriotas que escriben soflamas incendiarias en la prensa golpista o en los medios de comunicación de la derecha imaginativa al servicio del PP, sin solución de continuidad. Cuando oigo y leo lo que dicen hoy, y vuelvo la memoria a sus discursos de ayer, me recuerdan esas fotos en blanco y negro de Ramón Tamames festejando a Santiago Carrillo. Y me cuesta pensar que son los mismos. Los mismos patriotas que se han cambiado de patria.
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(Meditación para hoy: el patriota de los patriotas, Mariano Rajoy, se ha bajado los pantalones y ha puesto la marcha atrás sobre sus declaraciones del día anterior. El juicio del 11 M puede continuar, según Rajoy, aunque sigue bajo sospecha, según Zaplana. ¡Qué cruz!)