Opinión
Miguitas de pan
Por Espido Freire
Qué sería de las mujeres sin la publicidad? ¿Quién nos lo diría en estos momentos en los que ya casi no tenemos a nadie que nos dicte cómo vestir, cómo comportarnos, cómo establecer relaciones? ¿Cómo sabríamos, con la natural indecisión femenina que toda autoridad patriarcal ha puesto de manifiesto, manejarnos en este mundo cruel y lleno de contradicciones? ¿Qué tiempo no perderíamos en investigar qué detergente lava más blanco, qué arroz queda en el punto perfecto, qué yogur protege de lo visible y lo invisible a nuestros hijos?
¿Qué sería de nosotras sin comer constantemente, sin ducharnos constantemente, casi siempre con la misma expresión de dicha con que nos comemos los yogures? Los hombres no se duchan tanto, se ve que no comer yogures les hace menos aficionados al agua. Cuando se acercan a la alcachofa goteante, suelen albergar otros propósitos, como afeitarse o empaparse de desodorante. Proceso este no exento de riesgo, porque cualquiera sabe a estas alturas que las mujeres sentimos una irresistible atracción hacia los mentones afeitados y los sobacos perfumados, y no sería el primer inconsciente arrastrado por la higiene que se ve perseguido por una banda de bellezas en celo.
Pero, ah, los señores están exentos de callos, de pieles fláccidas y de hemorroides. No las sufren, ni en silencio ni a alaridos. Los hombres hablan menos, de hecho, hablan bastante poco, pero para compensar, hacen muchas más cosas. Basta con darles una cerveza, y el nivel de actividad se dispara.
A las chicas no nos va tanto la cerveza, a no ser que nos dejen observar cómo los hombres las beben; para esas ocasiones, solemos escoger atrevidos bikinis, escuetas minifaldas y expresiones de éxtasis. No es que no nos dejen probarla. No importa lo que esté ocurriendo en las afueras, en una sociedad que engulle alcohol y se maltrata el hígado y el estómago a base de lácteos y comida basura, no importa en realidad el cuerpo: cuenta el ideal, esa misma felicidad postiza que se cuela entre programas.