Opinión
El Niño de Taung (I)
Por Ciencias
ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO
* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos.
En el debate sobre el origen de la humanidad de finales del siglo XIX, la idea de una evolución divergente y un ancestro común con los chimpancés conducía inevitablemente al continente africano. La hipótesis de un eslabón perdido entre orangutanes y humanos de procedencia asiática, preconizada por Eugéne Dubois, no tuvo seguidores entre los científicos europeos de principios del siglo XX.
En África, sí, pero ¿en que región? Desde luego, las zonas desérticas y las sabanas no parecían los mejores lugares para buscar un homínido hipotético que, por fuerza, debería haber vivido y evolucionado en un clima tropical. Esta idea descartaba muchas regiones africanas. En aquellos años, los conocimientos sobre geología, evolución climática, antigüedad de las rocas y sobre la propia teoría evolutiva, casi recién estrenada, eran todavía muy limitados. En definitiva, un ambiente poco propicio para comprender un hallazgo tan excepcional como el ocurrido en 1924.
La cantera de roca caliza de Taung, en Suráfrica, era conocida por los fósiles de mamíferos antiguos que aparecían ocasionalmente durante su explotación. De acuerdo con los conocimientos de la época, los fósiles podían tener en torno al millón de años de antigüedad. Mucho más tarde se demostraría que aquellos mamíferos habían vivido en la región hacía nada menos que dos millones y medio de años, en un ambiente y un clima diferente de los actuales.
Durante muchos años, las investigaciones sobre evolución se han movido al ritmo de los descubrimientos hechos por casualidad. Una serie de afortunadas circunstancias llevó un fósil muy especial procedente de la cantera de Taung hasta el despacho de Raymond Dart, médico de profesión, profesor de anatomía de la Universidad de Johannesburgo, y con un gran interés por el naciente campo de la paleontología científica. El fósil consistía en el molde natural del cerebro de un cráneo de buen tamaño, sin duda de un primate extinguido. Al desaparecer la materia orgánica del cerebro, el cráneo se había rellenado de la matriz de carbonatos de la cantera y se había formado un perfecto molde endocraneal, con la forma y el tamaño del cerebro original.
Entre los fósiles que llegaron al despacho de Dart también se encontraba la cara de aquel primate, que parecía encajar con el molde del cerebro. No obstante, aquella cara estaba incrustada en la roca caliza y era prácticamente imposible estudiar su anatomía. Más de dos meses de paciencia y gran pericia permitieron a Raymond Dart liberar la cara de su matriz caliza y comprobar que los dos restos pertenecían efectivamente a un primate de corta edad, y de características extrañas y asombrosas.