Opinión
Números
Por Espido Freire
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Mis alumnos, en los cursos literarios, protestan y dicen pestes del Libro de los Números, cuando les hago leer el Pentateuco, porque lo consideran el más aburrido, el más monótono. A mí, en cambio, me interesa. Debe de ser el equivalente a leer literatura forense, o leyes, en sus idénticos compendios, porque a mí me dan la impresión de que existía ya en el mundo antiguo un orden, algo en lo que confiar cuando llegaban los botines, los impuestos, las cantidades que debían ser satisfechas o resarcidas.
Números ordenaba la vida en el desierto de los hebreos, con una línea clara entre lo permitido o no. Las antiguas leyes judías, que eran tan minuciosas que distinguían la pena entre la violación de una joven en el campo, o la violación de esa misma muchacha en la ciudad, nos resultan ahora ingenuas y crueles. Tranquiliza, en ocasiones, descubrir que el derecho romano, o el visigodo, ha alimentado nuestros tribunales, y que al sentido común se les ha unido la tolerancia cívica y la evolución social.
No siempre: un primer caso de reclamación de daños por un coche, tras el atropello de un joven, ha destapado algunos más. La indignación popular ha frenado al demandante del primer caso, pero poco sabemos de los otros, los que ha habido y los que habrá. Sorprende descubrir la falta de escrúpulos del que pide dinero para su hermoso coche. La carencia de humanidad, de respeto hacia el dolor ajeno, de arrepentimiento ante su descuido, o al menos, si no tuvo culpa en la muerte de otra persona, un lamento por la mala suerte de la que ha sido objeto.
Cuando se compara causante de daños y víctima, y se equipara el valor de una vida humana al de la carrocería de un buen coche, algo hace daño en el cerebro, como una astilla clavada en la parte más delicada de un dedo. De esa línea roja, candente, de la percepción real y casi física de la injusticia, han nacido linchamientos y órdenes legales, asesinatos por venganza y también renuncias generosas por el bien común.
Por eso me gusta Números, con sus normas claras y sus leyes ingenuas y acatadas; me recuerda a las actuales. Al fin y al cabo, todos vivimos en el desierto.