Opinión
“Orientalismo” y austeridad en el sur de Europa
Por Econonuestra
Lorenzo Vidal
Miembro del colectivo econoNuestra
“No te podrías imaginar lo lejos que estoy del mundo aquí – del mundo moderno. España es tan primitiva y Oriental en algunos aspectos como los libros de Moisés. Los españoles tienen todos los defectos posibles – ¡y a pesar de eso me encantan!” James Russel Lowell, 1880
“(…) ya no pueden permitirse “gandulear” en medio de una bancarrota nacional – ni si quiera por el calor abrasador del mediodía. Durante siglos, los pueblos del sur de Europa observaron un descanso desde el mediodía, la sexta hora después del amanecer, hasta las 4 p.m. Abandonaban los campos o sus oficinas e iban a casa a relajarse, comer juntos, entablar conversación entre amigos y familiares, y generalmente evitar el estrés. Sus siestas eran sagradas. Pero ahora este idílico aspecto de la vida sureña se ha acabado.” Der Spiegel, 2013
“Orientalismo” es un concepto que popularizó el pensador palestino Eduard Said al referirse a un conjunto de prácticas discursivas que surgieron durante el expansionismo europeo a partir del contacto con otros pueblos. Los europeos fueron forjando un imaginario colectivo sobre estos en base a una dicotomía “Occidente”/“Oriente”. A través de la literatura, el arte, el periodismo, investigaciones sociales y científicas y toda variedad de medios culturales y de comunicación, se fueron definiendo una serie de rasgos que caracterizaban al desconocido “Otro”: exóticos, atrasados, irracionales, perezosos y crudos. Simultáneamente, la identidad del europeo se construía en contraposición: civilizado, racional, ilustrado, trabajador y virtuoso. Este potente dispositivo cultural fue funcional para el proyecto colonial europeo y continúa latente en las distintas relaciones de dominación social, económica y cultural que persisten hoy en día.
Pero los pueblos, lugares y culturas que Europa “orientalizó” a partir del siglo XVIII, no se localizaban solamente en el norte de África y Asia, como formulaba Said, sino que un proceso similar se desarrollaba en la propia Europa en relación a países mediterráneos como España, Italia o Grecia. Aquí se solapaban los tópicos del folklore y el atraso: vividores, desorganizados, irresponsables, corruptos y perezosos. Entre el abrasivo calor, las siestas, el vino y la picaresca, se dibujaba otro mundo irremediablemente problemático a los pies del norte de Europa.
Aunque de características muy diferentes, la división colonial Oriente/Occidente y la división Norte/Sur están estructural e históricamente interconectadas en torno al proceso de extensión de las relaciones sociales capitalistas a partir la Revolución Industrial en el corazón de Europa. A medida que la economía mundial capitalista se iba desplegando en su centro y en sus periferias, iba generando un desarrollo desigual y una adaptación asimétrica de las poblaciones locales al tempo y a la disciplina del mercado capitalista. Pero este despliegue irregular y desequilibrado no se ha querido explicar a partir de las dinámicas propias de la acumulación del capital y la cambiante división internacional del trabajo, sino por los supuestos rasgos esenciales de estas poblaciones.
Así, se considera hoy que los trabajadores españoles somos poco productivos porque somos vagos. Nada tiene que ver con el hecho de que, por ejemplo, nuestra especialización productiva en la división internacional del trabajo sea la de proveedora de servicios, en buena parte en la hostelería y el turismo. Hay claros límites al crecimiento de la productividad de un camarero sirviendo cafés, por el poco recorrido que hay para la incorporación de nuevas tecnologías, el limitado número de clientes que caben en un establecimiento y por lo tanto de cafés que se puedan servir. Muy diferente a las posibilidades de incremento de la productividad que proporciona el cambio técnico a un trabajador alemán en una empresa aeronáutica. Asimismo, está extendida la idea de que la población se hipotecó hasta las cejas por la irresponsabilidad que acompaña la alegría y despreocupación con la que se vive la vida mediterránea. Nada que ver con el entramado inmobiliario-financiero que proporcionaba oportunidades de rentabilidad para las finanzas mundiales en un contexto de alta liquidez, alimentado en parte por los superávits comerciales alemanes y una asimétrica incorporación al Euro. Los trabajadores españoles están entre los que más horas trabajan a la semana en Europa, y seguimos siendo considerados unos vividores. Los ejemplos de cómo estas narrativas culturales mistifican las razones económicas de fondo son múltiples.
Las respuestas lógicas a este tipo de diagnósticos están claras: castigo, sacrificio, disciplina y tutelaje. Lo que la Troika ha traducido en austeridad impuesta y visitas periódicas de los hombres de negro. De la misma forma que el “orientalismo” acompañaba al colonialismo y por lo tanto a la apertura de nuevos mercados para el capital europeo, estos estereotipos son funcionales para los intereses del capital en el cobro de deudas, de recortes salariales y de nuevos espacios de acumulación que proporcionarán sistemas de pensiones, de sanidad y de educación privados. “Civilizar” a los pueblos colonizados era la “Carga del Hombre Blanco”, ir al “rescate” de los países extraviados del sur ahora es una cuestión de “responsabilidad institucional”. A la vez, la constitución del “Otro” mediterráneo es un portentoso elemento en el imaginario de las poblaciones del norte de Europa que sustenta electoralmente a las fuerzas políticas de derecha y extrema derecha. Estas son vistas como garantía para no dar margen a los excesos de los PIGS, no fuera a ser que al final tuvieran que pagar con sus impuestos los platos rotos de otros. La otra cara de la moneda es la sensación de culpa e inferioridad que permea nuestras propias concepciones sobre la génesis de la crisis y el lugar que ocupamos entre las sociedades europeas.
En definitiva, estas representaciones de los pueblos del sur de Europa son una creación cultural legitimadora de la dominación ejercida para disciplinarnos y adecuarnos a las necesidades de la rentabilidad del capital. De la misma forma que el “oriental” es el alter ego del “occidental”, si en el sur somos deudores es porque en el norte son acreedores; si somos camareros y trabajadores de la construcción es porque ellos son turistas y propietarios de segundas residencias; si seguimos bajo el mando de una burguesía caciquil y rentista, es porque aún sufrimos las secuelas de una guerra que perdimos ante su agresión o indiferencia. El sur no se puede definir si no es en relación con el norte. Nuestras sociedades son un producto histórico del desarrollo geográfico desigual de la economía mundial capitalista, y si no queremos seguir dejando que nos moldee a su imagen y semejanza, habrá que resistir el adecuarnos a sus requisitos.