Opinión
La pedagogía de Boltzmann
Por Ciencias
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EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA
* Catedrático de física atómica molecular y nuclear en la universidad de Sevilla
A finales del siglo XIX, apareció, cosa extraña, exótica y mal vista, una mujer por el departamento de Física de la Universidad de Viena. Lógicamente, se sentía mal por saberse observada, pero mucho más porque era consciente de las grandes lagunas que tenía su formación. Tuvo la osadía de asistir (inscribirse no podía, por su condición de mujer) al curso del genio de los genios no solo de aquella universidad, sino de toda Europa. Se llamaba Ludwig Boltzmann y su aspecto luciferino de luengas barbas y melena alborotada impresionaba. Pero también su bondad, porque la muchacha quedó tan conmovida por sus primeras palabras que las transcribió literalmente y le hizo caso en todo.
Los destinos del profesor y aquella alumna no pudieron ser más divergentes. Lise Meitner, que así se llamaba ella, fue una excelente física teórica que describió por primera vez de manera acertada el mecanismo de la fisión nuclear y la posibilidad de la reacción en cadena. Además, siendo medio judía y obligada al exilio por los nazis, se negó a participar en el malhadado proyecto Manhattan para la fabricación de la bomba atómica. Sus colegas sostenían que aquella era la manera más eficaz de detener el nazismo, pero ella aborrecía trabajar para matar gente. Aunque su vida no se fue encarrilando de manera apacible hasta los umbrales de su vejez, Meitner terminó siendo reconocida y agasajada por la comunidad científica, por más que no le otorgaran un merecido Premio Nobel. El tremendo destino de Boltzmann fue la horca por voluntad propia, en 1906. Las causas por las que una persona se suicida son a menudo insondables, pero en el caso de Boltzmann bien pudo deberse al rechazo continuo y manifiesto que sufrió por parte de muchos próceres de la ciencia; en particular, de su colega el catedrático de Historia y Filosofía de la Ciencia Ernst Mach. Lo que le atacaron sin piedad fue que lo más importante de su obra se basaba en una sola hipótesis: la realidad de los átomos y las moléculas.
Lo que Lise Meitner dejó escrito de lo que dijo el insigne profesor en aquella primera clase fue: “Hoy no voy a hablar de conceptos refinados, teoremas sofisticados y demostraciones complicadas. Hoy deseo ofrecerles algo muy modesto: yo mismo. Les ofrezco todo lo que sé, mi manera de pensar y mis sentimientos. Les pediré atención estricta, diligencia de hierro y tesón incansable. Pero olvídenme si no piensan darme lo que es más importante para mí: su confianza, su simpatía y su amor. Les pido, en una palabra, lo más grande que ustedes pueden dar: a sí mismos”. Los que iniciamos ahora el curso a cualquier nivel, seamos alumnos o profesores, deberíamos leer el pasaje anterior. Si el lector es pedagogo profesional, quizá debería leerlo dos veces.