Opinión
Peligro: improvisador

Por Nekane Goñi
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Seguramente, recién estrenado este blog, voy a meterme en un jardín. Y que conste que mi intención no era entrar en la clásica guerra de sexos, llena de tópicos innecesarios pero… ¿Verdad que a esos hombres (yo creo que mayoría) a los que preguntar una dirección les parece una gran falta de masculinidad… jamás miran una receta cuando cocinan? Bueno, vamos a matizar. Me refiero a los que ya se han acercado alguna vez a los fogones, no a los que tienen que llamar a su madre para preguntar cómo se hierven los macarrones. Por dios, pero si dicen que dudar es un signo de inteligencia… Mi madre sin ir más lejos, una excelente cocinera, tira de receta cada vez que hace un plato que no sea de diario. Pero ella, claro, no tiene que demostrar sus habilidades culinarias. Se le suponen.
Sobre los hombres en general, salvo los profesionales, claro, planea la leyenda urbana de que dejan la cocina hecha unos zorros. Esto, a pesar del empeño de divulgadores como Arguiñano que, cocina no se si enseñarán, pero higiene alimentaria, un montón. Yo estoy dispuesta a lanzar otra generalización más o menos discutible: son incapaces de repetir la misma forma de hacer un plato.
La cosa empieza bien, libro de cocina en mano, ingredientes sobre la tabla… No digo yo que haya que tomarselo todo al pie de la letra pero yo he visto, ante el puchero, al cocinero aficionado mirar el “chupchup” de un guiso que necesita su tiempo de cocción, con la impaciencia de una salida de boxes. Y, a la primera de cambio, echar mano de la pimienta que asoma desde el cajón de las especias, de la cerveza que se abrió para aliviar la espera, y de la salsa que sobró del día anterior. Todo tiene cabida en esa cazuela que, a fuerza de cocer al mínimo, resulta tan aburrida.
Reconozco que de esos momentos de espera nacen auténticos logros. “Pero ¿qué le has puesto para que haya cogido ese puntito picante?” “Mmmm… tiene un saborcillo muy rico y como dulzón”. Pero, lamentablemente, nuestro cocinero aficionado no sabrá a ciencia cierta cómo lo ha conseguido ni podrá jamás repetir este plato sorprendentemente delicioso. No sólo ha mezclado ingredientes sin orden ni concierto, sino que ¡no lo ha anotado en la receta!!!!!
Reconozco también el mérito, seguramente procedente de una larga enseñanza de pisos compartidos, de darle forma, cuerpo y sabor a las cosas que una mañana y quizás por pura coincidencia, se mustiaban a la vez en los estantes del frigorífico. A esas habilidades había que haberles dado una cierta vocación de trascendencia. Pedían a gritos una receta o siquiera un pequeño apunte en los postit de la nevera.
Pero, atención. Esta especie de cocina de supervivencia no es estrictamente la misma que la cocina de sobras. La anterior es capaz de mezclar salchichas, salmón ahumado y puré de verduras en un mismo plato. Esta es capaz de hacer, de los restos de lasaña, unos canapés de boloñesa. De ninguna de ellas surgirá seguramente una gran receta, aunque sólo sea por no poner en el listado de ingredientes: restos de la paella del domingo, lo que quedó del caldo del cocido del lunes, sobras de la carne en salsa del martes. Yo pienso que, en general, los hombres son más de cocina de supervivencia y las mujeres más de cocina de sobras.
Digo yo que quienes huyen del libro de recetas es porque están escritas en otro, digamos, dialecto, que necesita de traducción. Hasta que no proliferaron los programas de cocina en la tele, mucha gente no sabía que en castellano existía la palabra “pochar”. Y aun miran con perplejidad sutilezas cocineras como “desleir”, “desespumar”, “romper el hervor” o “rezumar”. Por no hablar de los “pellizcos”, “pizcas” y “chispas”, que merecerían una tabla de equivalencias.
El recetario, además, puede ser un arma de doble filo cuando dos personas se ponen a trabajar a la vez en la cocina. Porque para un mismo plato hay infinidad de posibilidades. Y la mejor, obviamente, es la que cada uno evoca en sus propias papilas gustativas. Y, mira tu por donde, suele ser la de la suegra, casi siempre. No hay recetas idénticas ni para la tortilla de patatas. Qué digo, para eso, mucho menos.
Además, hay que reconocer que la cocina es un arte tan sutil, en el que hay tantos elementos en juego, que reproducir a la perfección un plato es cosa de profesionales. Depende del tipo de calor, del agua, del estado de la materia prima o hasta del tipo de recipiente y utensilio. Ayer oí decir a un cocinero que, cuando el chef de separa de sus fogones por más de una semana, la receta, SU receta, ya ha cambiado, por mucho que se intente seguir al pie de la letra.
LA “PIZZA FUTBOLERA”
Fue el recurso de mi vecino para dar de cenar a los invitados a ver un partido en su casa. Vereis que nombraré marcas comerciales. Ni pierdo ni gano nada por ello, pero son indispensables para algunas recetas. Concretamente para ésta. El ingrediente necesario es la masa de pizza de Buitoni. Una que llaman “finísima”. Es rectangular e incluso trae el papel de base para meterlo tal cual en el horno. Por mucho que se quiera innovar, es conveniente no prescindir del tomate –distribuído en una capa en la base- ni del queso –y en este caso podemos utilizar el que haya en la nevera. Mi vecino echó mano, como suele ser tradicional en la cocina de supervivencia, lo que había en ese momento en el frigorífico. A saber, pimiento, salchichas y champiñones. Pero en el último momento, se le ocurrió espolvorear un sobre de aliño para fajitas de El Paso. Un acierto. Quedó delicioso. Chicos, estas son las cosas que hay que apuntar en el cuaderno de recetas.