Opinión
Un político
Por Público -
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Hace dos décadas salió Nelson Mandela de la cárcel, en donde había pasado 27 años. Era entonces el preso político más famoso del mundo: un hombre que desde el confinamiento solitario de su celda, a través de una carta y una visita cada seis meses, dirigía la lucha del ilegal Congreso Nacional Africano (ANC) contra el régimen racista del apartheid en Sudáfrica.
Finalmente, cediendo a esa lucha interna y a las presiones internacionales, el Gobierno blanco tuvo que dejar a Mandela en libertad. Pero se necesitaron todavía años de negociaciones intercaladas de represión y masacres para que la minoría blanca consintiera en organizar elecciones libres en l994. Las ganó el ANC, convirtiendo al antiguo preso político en el primer presidente negro de Sudáfrica.
Pero, a diferencia de la mayor parte de sus colegas africanos dirigentes de la descolonización, Mandela fue también el presidente de la reconciliación entre las razas –negros, blancos y coloured, sobre todo hindúes y mestizos– en vez de convertirse en otro campeón de la venganza de los negros contra sus antiguos opresores. Tuvo la generosidad, cosa rara en un político, de poner su poder y su prestigio, no al servicio de su propio grupo, tribu o raza, sino de la concordia entre los grupos enemigos. Y no sólo durante los años de su propia presidencia (años que, cosa rara en un político, se negó a intentar prolongar indefinidamente), sino bajo la de sus sucesores, miembros del ANC sobre quienes el viejo líder conserva su imperio moral. Mandela es ese fenómeno, raro en un político, que verdaderamente merece el título que tantos se han otorgado a sí mismos abusivamente: padre de la nación.
Había dicho en su alegato de defensa ante el tribunal que lo condenó en l964 a prisión perpetua:
“En el curso de mi vida me he dedicado a la lucha del pueblo africano. He combatido la dominación blanca, y he combatido la dominación negra. He promovido el ideal de una sociedad democrática y libre en la cual todas las personas puedan vivir en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir, hasta lograrlo. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”.
Y –cosa rara en un político– cumplió su palabra.
Nelson Mandela debe ser el único político del último siglo que ha recibido tanto el Premio Nobel de la Paz como el Premio Lenin de la Paz. Y –cosa más rara todavía– el único que ha merecido ambos.