Opinión
Protégela y defiéndela del Maligno
Por Manolo Saco
La ética, asignatura de la que todos somos catedráticos, pretende fijar la fina línea que separa el bien del mal. La historia de la filosofía se ha enriquecido con todos los conatos de definición de cada concepto. No ya sólo porque cada uno de nosotros tenga un juicio particular y diferente de lo que es el bien o el mal, sino porque los mismos actos son juzgados con resultado distinto según la época histórica.
Por ejemplo, matar está en la casilla del mal para muchos de nosotros, o torturar, pero hasta los que viven de la “moral” han justificado y justifican aún hoy el asesinato y la tortura, como la Inquisición en su día, como el Guantánamo de Bush hoy. Maltratar a los animales es una práctica repugnante para unos y es un arte para los taurinos. El foie gras conseguido mediante la tortura de los patos y ocas es una salvajada para los defensores de los animales y un manjar que todo lo disculpa para los gastrónomos. Los asesinatos de ETA son un acto inmoral para todos menos para sus autores, excepto cuando el que vuela por los aires de un bombazo es el cómplice máximo de una dictadura represiva, como el almirante Carrero Blanco: entonces millones de personas anotarían el asesinato en la casilla del bien. Media humanidad defiende la pena de muerte como parte del bien, y la otra mitad la condena como una perversión social.
Las religiones, que históricamente han tenido que pescar sus adeptos entre las clases más ignorantes, poco dadas a las complejidades filosóficas (la cristiana, por ejemplo, hasta hace unas décadas hacía todos sus ritos en latín para que la feligresía no entendiese las palabras mágicas reservadas a los sacerdotes), se vieron en la necesidad, por razones didácticas, de personificar el bien y el mal. Y así nacieron los ángeles, los dioses (unos eran malos y otros buenos) y los demonios. El Padrenuestro del catecismo latino acababa con la frase de “libera nos a Malo”, es decir, “líbranos del Maligno”, del Demonio, como la personificación del mal. Así no había que pensar demasiado. Ya se encargaría la doctrina oficial de determinar qué cosas encajaban en la casilla del bien y cuáles en la del mal. Cuando los vientos de modernización rozaron levemente a la Iglesia, del Padrenuestro se eliminó el “perdónanos nuestras deudas” (¡por dios, desde cuando los banqueros iban a perdonar nuestras deudas!) y de la oración desapareció el demonio: se quedó en “líbranos del mal”, y no del Maligno como se decía en latín.
Ayer, al hilo del día de la Bestia, os hablaba de cómo la institución del Diablo todavía tiene asiento en la religión católica como elemento útil para atemorizar a los fieles y, sobre todo, para visualizar fácilmente el concepto farragoso del mal. El Maligno persiste en nómina por razones prácticas y evita complicaciones de conciencia entre los mismos practicantes que permanecen ciegos ante otras manifestaciones del mal, como las desigualdades sociales, las guerras, la pobreza, el odio, la venganza, la maledicencia. Resulta muy útil para conciliar el sueño que el mal tenga asiento fuera de nosotros mismos.
Y así, burla burlando, dos días después del comienzo de la profecía del Apocalipsis, resulta que los príncipes de Asturias (ella divorciada y casada en segundas nupcias -lo digo por dar pistas-) se reúnen con el cardenal Rouco Varela, en la basílica de la Virgen de Atocha de Madrid, para presentar a su hija a la Virgen, como, al parecer, es costumbre en la Casa Real. La niña goza del tratamiento de doña, y se la conoce ya en el siglo como doña Leonor. Esto de llamar a un bebé de siete meses doña Leonor, qué queréis, se me hace muy cuesta arriba. La realeza del siglo XXI, si quiere que le guardemos un poco de respeto los republicanos, debería aparcar estas pompas. Salvando las distancias, la ceremonia me recordaba cuando los equipos de fútbol ofrendan sus trofeos a la Virgen en acción de gracias, en una manifestación suprema de pérdida colectiva del sentido del ridículo.
Pero a lo que íbamos. El caso es que la doña niña no pestañeó, se ve que lo lleva en los genes, a pesar del agobio del público. Se comportó como una pequeña profesional, y hasta hizo un amago de saludo al estilo inconfundible de sus principescos padres y reales abuelos. Y llegó el encuentro con el cardenal, encargado de la ceremonia y de las presentaciones. Y aprovechando que la niña doña no se entera todavía, el cardenal le lanzó una oración a la cara en la que, una vez más, estaba implicado el omnipresente Diablo. Rouco Varela imploró a la Virgen con estas palabras: “...protégela y defiéndela del Maligno y de todo mal”.
El cardenal de Madrid, aparte de ser el más genuino representante del integrismo cristiano, es un ignorante, no sabe con quién se juega los cuartos. Conociendo cómo gobierna la Casa Real la reina doña Sofía, a ver si el diablo tiene cojones de acercarse a mil metros del palacio de la Zarzuela.
¡Estos curas, de verdad...!