Opinión
Raino plantae
Por Espido Freire
Hacía años que no veíamos en Europa una escena similar a la que se ha vivido en el Bulevar de la Madre Teresa, en Kosovo. Para mi generación, que fue testigo de la caída del Muro de Berlín en su adolescencia, y que se dio de bruces, en los primeros años de juventud, contra la guerra de los Balcanes, mucho más cercana y por lo tanto, increíble, que las que sacudirían Oriente Medio, las escenas reales se mezclan con el imaginario colectivo de la Primavera de Praga, o las carreras en el París revolucio-
nario y fosilizado.
Fue entonces, sin duda, cuando se acuñó la connotación positiva de ese tipo de manifestaciones: chicos y chicas, sin armas, con la fuerza de la ideología y la justicia histórica y poética.
Los jóvenes bajo las banderas bicéfalas que lloraban ayer por la euforia y la emoción se enfrentan a terribles problemas: en un equilibrio tan delicado como la piedra de Sísifo al llegar a la cumbre, todo lo que ha ocurrido en la antigua Yugoslavia se ha expandido con unos resultados tan catastróficos que la UE mira hacia el recién nacido país con el recelo de una madrastra que teme lo peor. Con recursos pobremente explotados, una renta per cápita desastrosa, y conflictos étnicos que no se solventarán con una declaración unilateral de independencia, Kosovo inicia una andadura dudosa, y que cuestiona la viabilidad de Bosnia, y de Macedonia.
Teme la UE, y España, de manera particular, la aparición de nuevas reclamaciones independentistas, como alergias primaverales ante las hasta ahora inofensivas gramíneas. Otras minorías que reclaman su propio territorio, o la independencia, más viables, aunque menos apoyadas que ésta, están rectificando posturas a toda velocidad. Moratinos ha anunciado que no habrá reconocimiento de Kosovo, por el momento, pero una Europa que admite excepciones y tolera actuaciones como ésta está tan condenada como si actúa de manera decidida en contra. La alergia en el reino vegetal
no se cura: se pasa.
Mientras tanto, Estados Unidos sonríe.