Opinión
Retirarse a tiempo
Por Nativel Preciado
-Actualizado a
Ramón Calderón no deja la presidencia del Real Madrid porque “dimitir es de cobardes”. No voy a meterme en camisa de once varas, así que ni una palabra más sobre las acusaciones contra Calderón. Lo que me interesa es la escasa actitud dimisionaria de los que ostentan el poder. Magdalena Álvarez, titular de Fomento, considera que cuando se produce una crisis de cualquier tipo (en este caso, la pertinaz nevada), los responsables deben actuar con calma, serenidad y sin precipitación. “Dimitir podemos dimitir todos”, añade la ministra enigmáticamente.
¿Por qué ese empeño de permanecer en el cargo? Un ministro socialista me dijo en cierta ocasión que dimitir era un acto de soberbia y arrogancia. Como no dimitió, fue cesado en el 94. En aquellos tiempos, unos se fueron voluntariamente, como Antoni Asunción, ministro del Interior del Gobierno socialista, cuando se le escapó el fugitivo director de la Guardia Civil, y a otros muchos los echaron.
Una de las dimisiones posteriores más sonadas fue la de Manuel Pimentel, ministro de Trabajo, que abandonó el cargo precipitadamente porque estaba en contra del giro político de su Gobierno en asuntos laborales y de inmigración. Sus colegas le crucificaron. “Aznar le hace ministro y mira cómo se lo agradece –me comentaron–; es un desleal y un submarino de la oposición”. Para los ciudadanos, fue un acto de coherencia; para los suyos, fue una traición.
Se empeñan en permanecer en el cargo –argumentan– porque la responsabilidad histórica les impide dejar el poder en manos menos experimentadas que las suyas. Tenemos la obligación de liberarlos de esa pesada carga de sentirse imprescindibles, porque la experiencia en muchos casos no es más que una acumulación de errores. Y, sobre todo, será mejor que se vayan antes de que los echen.