Opinión
Sacar pecho
Por Rafael Reig
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Si entendemos el matrimonio como un derecho civil, estamos hablando de un contrato privado entre dos seres que aceptan un compromiso en común. Porque eso, desnudo de la interpretación religiosa o romántica del asunto, es el matrimonio: un contrato legal que formaliza un compromiso. Y decidir quién puede o no hacerlo, en función de su sexualidad, establece un agravio comparativo y una vulneración de los derechos fundamentales. Estoy orgullosa de pertenecer a una nación que ha reivindicado un asunto que era de justicia. Y a los que les molesta esta ley o gozarían con la prohibición de la misma: mis condolencias, porque debe de ser muy triste vagar por las mazmorras de la intolerancia.
ANA CUEVAS PASCUAL ZARAGOZA
Si el matrimonio no fuera más que eso, “un contrato legal que formaliza un compromiso”, ¿qué problema ve usted en que el contrato se firme entre varios? ¿Por qué no puede casarse una mujer con tres hombres, o cuatro hombres entre sí, o cinco hombres y cinco mujeres todos entre sí? ¿Por qué la vicepresidenta se escandaliza al fotografiarse con un polígamo? Imagínese que un extranjero dijera lo mismo: ¡me he fotografiado sin saberlo con un homosexual, qué horror! ¿Por qué no pueden casarse dos hermanos, un padre y una hija o un nieto y su abuela? ¿Decidir quién puede o no hacerlo, en función del número o el parentesco, en cambio, no implica agravio comparativo ni vulnera derechos fundamentales? ¿Por qué?
Usted perdone, pero hay que hacer un poco más de esfuerzo. Estoy de acuerdo con la conclusión, pero sus razones no me convencen. Afirmar que en la regulación del matrimonio sólo interviene la voluntad de las partes contratantes es negar lo evidente: hay factores sociales, culturales e históricos de mucho peso. Desde el tabú del incesto al rechazo de la poligamia. Y es obvio que el Gobierno no promueve leyes sólo porque sean o no justas, sino en función de la “demanda social” que ellos mismos evalúan a ojo de buen cubero: por ejemplo, antes Fernández de la Vega no veía por ninguna parte demanda social para una ley de aborto; de pronto, en cosa de pocos meses, la ha visto antes sus ojos. Habrá ido al oculista.
No todo es sacar pecho y engrandecer la propia bondad sobre el cimiento de la maldad ajena: yo soy mejor, yo no soy como esos miserables espantajos de las mazmorras de la intolerancia, etc. Tampoco estaría mal aprovechar para interrogar a nuestras propias razones. Es saludable, creo.