Opinión
Sus santidades
Por Antonio Caballero
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La Iglesia está adelantando a marchas forzadas la beatificación de dos de sus más recientes pontífices, etapa necesaria en el proceso de hacerlos santos. Es un retorno a la tradición del cristianismo primitivo –san Pedro, san Adeodato, san Zósimo– caída en desuso desde hace mil años, pero que el Papa actual quiere recuperar, como tantas.
Pues durante muchos siglos los Papas parecieron lo que eran: dirigentes de una gran organización político-religiosa, la más poderosa y de más larga duración de la historia de Occidente. Y así se comportaban: no como santos, sino como príncipes. El célebre tratado de Maquiavelo, del que se dice que fue inspirado por César Borgia, hubiera podido referirse igualmente a su padre, el Papa Alejandro VI. Pero en tiempos recientes, con la merma de sus poderes territoriales, la Curia de Roma decidió ampliar los espirituales haciendo que los Papas, además de poderosos, parecieran buenos. Oh, no demasiado, por supuesto: Juan Pablo I tuvo que ser quitado de en medio cuando quedó claro que se venía una repetición catastrófica de Juan XXIII, aquel que la piedad popular llamó “el Papa bueno” para distinguirlo de los otros y que a punto estuvo de desbaratar la Iglesia con sus iniciativas virtuosas. Decidió la Curia, pues, que los Papas debían parecer buenos: con las ventajas políticas que brinda esa apariencia, y sin las desventajas igualmente políticas que conlleva la bondad verdadera, que linda con la bobería.
Y es por eso que los que están a punto de ser canonizados no son los buenos de verdad –el bondadoso Juan XXIII del Concilio, o el infortunado Juan Pablo I, sacrificado por manso–, sino, por el contrario, los dos Papas más polémicos de los últimos siglos: el actor polaco Karol Wojtyla, Juan Pablo II, y el aristócrata romano Eugenio Pacelli, Pío XII. Dos Papas de índole declaradamente maquiavélica. Al primero, muchos le atribuyen las maniobras que llevaron al derrumbe del comunismo soviético a fines del siglo XX. Al segundo, también muchos –aunque no necesariamente los mismos– le atribuyen una responsabilidad importante en la consolidación de los fascismos en los años treinta: primero como el Nuncio Apostólico que negoció en Berlín el Concordato con Hitler , y luego como el pontífice que cerró los ojos ante los excesos del nacional-catolicismo en la guerra de España y ante los horrores del nazismo en la Segunda Guerra Mundial.
Dos políticos profesionales que van para santos. Quién lo hubiera creído.