Opinión
El sexo de los políticos
Por Bob Pop
Nos gusta mucho más la erótica del poder que su pornografía; por eso Sarkozy nos hipnotizó con sus arrimes de cebolleta durante las vacaciones egipcias mientras que, casi al mismo tiempo, un ministro malayo y otro griego tuvieron que dimitir por el descubrimiento de sendos vídeos sexuales.
Nos gusta que nuestros prohombres sean unos seductores –igual nos da que ejerzan al por mayor o al detall- y hasta esperamos de ellos cierto zorrerío fino. Pero no queremos verlo. No queremos conocer los pelos y las señales en movimiento, ni que nos vengan a descubrir que nuestros mandatarios son tan incautos como para dejarse grabar en una de esas. Porque hemos visto suficientes películas como para saber perfectamente que donde cabe una cámara, cabe una pistola. Que igual que te graban, te disparan. Y eso sí que no. No queremos mártires de la causa del fornicio. Ni santas como Hillary Clinton, el mejor ejemplo de campaña oportunista a costa del escándalo sexual de un oponente político (en este caso, su marido). Hillary, la persona que más partido le ha sacado a una mancha indeleble sobre un trozo de tela –con permiso de J. J. Benítez y su sábana santa, por supuesto–, o a una felación (ajena). La señora Clinton, que supo jugar muy bien sus cartas y fingir que su vocación de servicio a la patria estaba muy por encima de sus asuntos domésticos. Y que este año podría llegar a ser presidenta de los EEUU gracias a un escándalo sexual. El de su marido.