Opinión
Sobre la ciencia española
Por Ciencias
ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO
* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, Burgos
Los amables lectores de Orígenes me van a permitir que por una vez me salga del guión y me despache con un asunto que me quita el sueño. Durante los últimos 30 años he intentado contribuir en la medida de mis posibilidades a dignificar la maltrecha ciencia española que encontré a finales de los años setenta. Desde entonces, todos hemos visto crecer en gran medida la escasa credibilidad de nuestras investigaciones más allá de los Pirineos. Algunos hemos tenido el privilegio de ver ese crecimiento desde dentro. Porque dedicarse a la búsqueda del conocimiento, en el ámbito que sea, es una de las labores más apasionantes que pueda desarrollar un ser humano.
Hemos caminado ya un buen rato por el siglo XXI y ya no sólo se reconoce la labor de los científicos españoles que tuvieron que emigrar a otros países para desarrollar sus inquietudes. Ahora son ellos, los investigadores de otras partes del mundo, quienes se interesan por venir a trabajar a España. Eso significa algo o quizás mucho. Puesto que la ciencia es universal no debería importar demasiado dónde se producen los descubrimientos científicos y quiénes los consiguen. Pero, lo queramos o no, siempre nos produce satisfacción el éxito de un español en cualquier aspecto social, no digamos en lo deportivo.
En los últimos 20 años, España se ha ido construyendo con ladrillos. A la sombra de tan lucrativo negocio ha crecido la economía y todos nos hemos beneficiado, incluida la ciencia. Pero hemos llegado al techo (nunca mejor dicho) de nuestras posibilidades. Las alarmas suenan, la crisis y el pánico escénico se desatan y tenemos que empezar a recortar el gasto. ¿Por dónde empezamos?, ¿qué tal si volvemos a lo de “que inventen ellos”? Pues, por si acaso, levanto mi voz contra ese mal pensamiento.
Un país no se construye sólo con ladrillos, ya lo hemos comprobado, sino con mentes bien formadas y preparadas. El prestigio de un país no se debería medir sólo por sus éxitos deportivos (que no nos podemos quejar) sino por los logros de sus arquitectos, médicos, ingenieros, escritores, filósofos, pensadores…. y, por supuesto, de sus científicos. Por citar un país vecino, me produce cierta envidia sana pasear por algunas calles de París, cuyos rótulos están dedicados a la multitud de mentes privilegiadas que durante los tres últimos siglos dedicaron su vida a la innovación y el desarrollo de Francia.
El futuro y la garantía de la continuidad de nuestra especie está en la ciencia, que nadie lo olvide. Como decía antes, no importa dónde y quiénes logren los avances científicos, pero si se producen en nuestros centros de investigación, pues mucho mejor.