Opinión
¿Somos nosotros?
Por Rafael Reig
-Actualizado a
El vicepresidente de Google, Vinton G. Cerf, señaló en una entrevista que “aunque seguimos necesitando la información, cada vez necesitamos menos a los periódicos tal y como los conocemos hoy”. Es cierto que “en 30 años de existencia, Internet ha revolucionado cuatro siglos de periodismo”, como apuntó Antonio Lucas al respecto. Y si no, que nos lo digan a los estudiantes de Periodismo que, entre otras cosas, nos formamos en las nuevas tecnologías, tan necesarias para nuestra profesión. Nos encontramos en plena era tecnológica, pero seguimos siendo personas. Y, del mismo modo que las videoconferencias no se impondrán hasta el punto de erradicar las conversaciones cara a cara, los periódicos en soporte papel no desaparecerán. Aún somos muchos los que seguimos necesitando ese contacto con el papel, cada mañana, mientras bebemos el café.
IRENE RIVAS JIMÉNEZ MADRID
Aunque tiene usted razón, creo que también hay otras razones. La prensa ya volaba bajito mucho antes de Internet y aun sin Internet. Hasta la revolución burguesa, la clase dominante, la aristocracia, se cohesionaba mediante una solidaridad real: se casaban unos con otros, establecían lealtades personales, se heredaban unos a otros, etc. Un noble analfabeto era igual de noble. En el siglo de la burguesía, sin embargo, ¿cuál es la relación entre un empresario de Sabadell y otro de Bilbao? No se conocen todavía, pero ya se reconocen como iguales, como dice Benedict Anderson, por reverberación, al leer el periódico. Es la prensa la que les entrega una imagen de sí mismos y crea un vínculo entre uno y otro, una comunidad imaginada, la del primitivo print-capitalism que analiza Anderson en Imagined Communities. Basta leer cualquier novela de Galdós para corroborar esta avidez de periódicos durante el XIX: les decían quiénes eran y cómo debía ser el mundo del que estaban tomando posesión.
El protagonismo de la imprenta no duró demasiado, como es natural. La burguesía se apresuró a crear un tejido de relaciones reales (incluyendo el ensamblaje de la vieja nobleza con la nueva burguesía comercial): lazos de amistad escolar, matrimonios, intereses empresariales comunes, etc. La prensa, el “espejito, espejito” de la burguesía, deja de ser necesaria, salvo en circunstancias excepcionales, como la transición española, donde El País, por ejemplo, desempeñó parecida tarea. “Mirad: somos nosotros”, dirían al leerlo cada mañana quienes aún no se reconocían como “nosotros”.
Así que el problema, a mi modo de ver, es éste. Sabemos para qué ha servido la prensa (a quién ha servido) y por qué ya no es tan necesaria. Ahora bien, ¿para qué sirve Internet? O dicho de forma más precisa: ¿a quién sirve y para qué? ¿Somos nosotros?