Opinión
Soplapolleces fiscales
Por Juan Carlos Escudier
A la última serpiente de verano puesta en circulación por Rubalcaba y algunos de sus colaboradores acerca de la implantación de un impuesto especial a los sueldos de los banqueros ha respondido Cándido Méndez con mucho sentido común pidiendo una reforma fiscal integral en vez de las “soplapolleces” habituales. Ya es extraño que nuestros reformistas de cabecera se han olvidado de darle un repaso a un modelo tributario que hace recaer el 90% del gasto público en las espaldas de los asalariados y permite que la inmensa mayoría de los empresarios tribute como mileuristas. Habrá sido por despiste.
De las ventajas de redistribuir adecuadamente la riqueza hablaba ya el marqués de Condorcet, inspector general de Moneda con Luis XVI, pero sobre todo matemático, filósofo e historiador. “Al Tesoro –decía- siempre le resultará más barato mejorar la condición de los pobres para que puedan comprar grano que bajar el precio del grano para ponerlo al alcance de los pobres”. Aún estaba lejos el francés del concepto de fiscalidad, pero lo estaba más aún de su acepción más moderna, según la cual la imposición ya no constituye el mecanismo más eficaz contra la desigualdad sino un simple instrumento recaudatorio que igual puede servir de reclamo electoral que de potro de torturas.
Si de verdad Rubalcaba quiere presentarse al electorado con una oferta renovada debería atreverse a plantear un nuevo sistema fiscal progresivo, que reparta las cargas y que combata un fraude insoportable. Los impuestos no pueden ser de izquierdas si bajan y también si suben. Ni siquiera han de ser de izquierdas. Bastaría con que fueran equitativos. Una sociedad que no es capaz de regular la creación de riqueza para acortar las desigualdades acaba económica y moralmente corrompida.
La defensa del Estado del Bienestar comienza por la fiscalidad, convertida en los últimos años en un disparate. Aquí se ha mantenido, cuando no se ha acrecentado, la presión fiscal a los trabajadores mientras se reducía la de esos ricos que alimentaban sus cuentas opacas en Suiza. Alfredo P. tiene una buena oportunidad de reivindicarse.