Opinión
Un tímido con nombre de valiente
Por Varios Autores
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HORÓSCOPO CHINO// JULIO VILLANUEVA CHANG
Kafka dijo que no había nada más triste que enviar una carta a una dirección insegura. En 1919, cuando escribe su Carta al padre sabe que nunca llegará a su destinatario. En una historia de la literatura plagada de padres autoritarios, cuando asistimos por TV e Internet al reencuentro de la ex secuestrada Ingrid Betancourt con sus hijos, hay que leer El olvido que seremos de Héctor Abad para entender a Colombia y un extraño caso de amor filial. Este libro no es sólo una carta de amor a su padre sino la historia de bondad de un hombre en un país en guerra y miseria. Era un amoroso educador de sus hijos, un médico que siempre se sintió torpe para tratar un paciente enfermo pero que fue un gran luchador por la salud social y preventiva en Antioquia y un pacifista militante de los derechos humanos que acabó asesinado por sicarios de los paramilitares. “Casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra”. Años después del crimen, Abad Faciolince también creyó que la carta a su padre tenía una dirección incierta. Si Kafka creía que nada había más triste que una carta sin destino, la de Abad Faciolince ha tenido miles de lectores. Debió esperar a que el dolor se atenuase para poder escribirla. Durante diecinueve años, guardó la camisa ensangrentada de su padre asesinado. Mientras escribía su libro, entendió que la única venganza era contar su historia.
El día en que reconoció el cadáver de su padre acribillado en una calle de Medellín, Abad Faciolince halló tres cosas en sus bolsillos: una bala que no le había entrado al cuerpo, una lista de los amenazados por los paramilitares que incluía su propio nombre y un soneto escrito a máquina y atribuido a Borges: “Ya somos el olvido que seremos”, decía el primer verso. Más que un fenómeno editorial que va a llegar a los cien mil ejemplares vendidos, El olvido que seremos se ha convertido en un clásico del amor filial sin caer en el campo minado del melodrama, pero también en uno de esos escasos libros que gente que casi nunca lee acaba de leer. Desde el primer capítulo, donde cuenta sin pudores el amor que tenía por su padre (“Yo amaba a mi papá con un amor animal. Me gustaba su olor, y también el recuerdo de su olor, sobre la cama, cuando se iba de viaje, y yo les rogaba a las muchachas y a mi mamá que no cambiaran las sábanas ni la funda de la almohada”), Abad Faciolince no confiesa: se expone, aunque repita que es “un cobarde con nombre de valiente”. En una de sus cartas, Kafka, quizás el más tímido de los escritores tímidos, escribió que vivir en casa de los padres era tan malo como dejarse caer en ese círculo de bondad. En literatura es más difícil narrar una historia feliz que infeliz. Héctor Abad Faciolince demuestra que contar la vida de un buen padre puede ser una obra maestra de la verdad.