Opinión
La trócola está rota
Por Amparo Estrada
No sé si han intentando mirar las nuevas tarifas de la luz para entender qué deben hacer en casa si quieren ahorrar energía y dinero. Ni si ya han dedicado un momento a ver para qué sirve y cuánto cuesta el iPhone, el teléfono de colorines. Por si puedo ayudar a alguien, les ahorro tiempo: el problema está en la junta de la trócola. Estoy segura. Sé de lo que hablo.
Tengo en casa más manuales de instrucciones que aparatos electrónicos y electrodomésticos; varias carpetas dedicadas a guardar esos librillos con múltiples especificaciones de ya no sé qué cosas, que ordeno cada seis meses durante años, para archivarlos de modo diferente cada vez (ahora por la M de manual, luego por la G de garantías, luego por la O de otros…); montoncitos (sin archivar) de recibos de cosas que ni recuerdo haber comprado, con textitos y asteriscos microscópicos escritos por la parte de atrás… Y, cuando he intentado entender cualquiera de ellos, he concluido siempre lo mismo: hay un problema y está en la junta de la trócola.
El recibo de la luz lo tiene. El iPhone también. La cosa es seria. Alguien se está dedicando a romper la trócola de todo aquello que deberíamos entender a la primera. Ya nos lo decía Gomaespuma, si el problema es la junta de la trócola, vete preparando la pasta.
Operación de marketing
A mí me parece que los tipos de marketing son los responsables de todo. Salen enseñados de sus escuelas de negocios con el mensaje tatuado en la frente: cuando fijes unas tarifas, establezcas precios, diseñes productos, redactes manuales, envíes facturas, nunca olvides romper antes la junta de la trócola. Eso garantizará a la empresa que el cliente no se enterará de nada, pagará el máximo posible (el que tú debes perseguir) y, cuando lo entienda, si es que lo entiende, ya será demasiado tarde: habrá soltado la pasta.
Yo, desde luego, no tengo la menor idea de qué es la junta de la trócola y dónde está. Por eso, desde siempre, tengo el convencimiento de que estoy pagando más de lo que debería: cuando me cambio de oferta en el móvil, creo que no elijo la más adecuada; cuando hice la mudanza me pillaron con el truquito de cobrar, sin haberme avisado antes, por cada caja de cartón (bastante pequeñas, por cierto). En fin, tengo múltiples ejemplos de consumidora apaleada.
Pero el origen es siempre el mismo: nadie te explica claramente las cosas. La estrategia de la confusión siempre ha dado resultado a las empresas y dejado indefensos a los consumidores porque no hay mayor indefensión que el desconocimiento. De tan complejas que son sus ofertas o tarifas de precios resultan ininteligibles.
Asesores de ahorro
Cada uno debe hacer cálculos para determinar lo más conveniente en su situación particular, los suficientes cálculos como para desanimar a bastantes consumidores de dedicar su tiempo a eso pudiendo hacer otras muchas cosas. No es de recibo que haya empresas dedicadas a asesorar cómo ahorrar en la factura del teléfono o de otros servicios. O que las propias compañías hayan tenido que poner un simulador o asesor de ofertas automático, que tampoco resuelve mucho, la verdad.
Y no es que no sea buena la competencia y la diversidad. Al contrario. Pero sospecho que hay alguien siempre dedicado a complicar lo que podría ser sencillo.
Por ejemplo, con la nueva tarifa de la luz. Para saber su efecto real en un hogar concreto hay que ver primero qué potencia se necesita (para lo cual hay que conocer lo que requiere cada electrodoméstico según el modelo que se tiene en casa). Después hay que mirar el consumo de cada uno de ellos. Y, por último, hay que calcular qué es más rentable: si la tarifa ahorro o la normal.
En principio, parece que la tarifa ahorro es más rentable, siempre que se utilice de forma mayoritaria en las horas valle. En ese caso, el kilowatio consumido cuesta la mitad que en la tarifa normal. Pero si se pone el aspirador, el ordenador o la plancha en las horas punta el precio por kilowatio es un 35% más caro que en la tarifa normal. A eso hay que sumar que el alquiler del contador con discriminación horaria es un 250% más caro (de 0,57 céntimos a 2 euros al mes). Por lo tanto, hay que echar cuentas para ver si los aparatos que se utilizan en las horas punta consumen más que los que se utilizan en las horas valle y si compensa de verdad la tarifa ahorro. ¿Qué ocurría antes? Pues que la tarifa nocturna exigía un acumulador, duraba menos horas, pero la penalización por usar la luz en las horas del día era mucho menor.
También hay que echar cuentas a la hora de contratar la tarifa del móvil, no sólo comparando entre operadoras, sino entre las múltiples ofertas: si es mejor elegir cinco números favoritos o por tramos horarios o cien cosas más. Y las tarifas del iPhone son el último ejemplo: lo que parece un chollo al poder obtenerlo por 0 (cero) euros acaba convirtiéndose, una vez que la junta de la trócola del teléfono se comprueba está rota, en un compromiso de gasto de más de 2.000 euros en dos años.
Los ataques contra la trócola se reproducen por todas partes. También han llegado a las oficinas del Gobierno. Armados con el eufemismo como martillo, han convertido en un arte comunicar la rotura de trócolas en los datos estadísticos de crecimiento económico. De ahí que en los últimos días les hayamos oído descartar la recesión, hablar de “casi recesión”, decir que en el segundo trimestre se “habrá crecido alguna décima” o que el crecimiento estará “próximo a cero”.
Y eso que el abismo teórico que media entre lo mejor y lo peor es de apenas dos décimas porcentuales de crecimiento o no crecimiento trimestral. Pero, décima arriba, décima abajo, el resultado es que la trócola se ha roto y tenemos
que preparar la pasta.