Opinión
Vago, pero apasionante
Por Ciencias
EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA
* Catedrático de Física atómica, molecular y nuclear en la Universidad de Sevilla
En la primavera de 1989, un físico del CERN (Centro Europeo de Investigaciones Nucleares) llamado Tim Berners-Lee le entregó a su supervisor un documento de título tan soso y mayúsculas tan inapropiadas como Information Management: A Proposal. El jefe, tras leer aquella propuesta de tratamiento de la información, escribió a mano “vague, but exciting…”, que aunque no fuera para tirar cohetes, permitió a Berners-Lee continuar con el proyecto al que se unieron tres informáticos. Acababa de nacer la World Wide Web.
El CERN es el mayor laboratorio del mundo de investigación básica dedicado a escudriñar la más discreta intimidad de la naturaleza: el núcleo atómico y, sobre todo, las propiedades de las partículas que lo componen o él mismo genera. Es tal la magnitud de la energía que ha de entrar en juego o, si se desea, tan minúscula la región que se desea explorar, que son necesarias máquinas portentosas: aceleradores que llegan a medir veintisiete kilómetros y detectores del porte de catedrales. Eso exige el esfuerzo de infinidad de personas y genera una inmensidad de datos. En el CERN trabajan muchas de esas personas, algunos miles, pero la mayoría de los beneficiarios de los resultados que allí se obtienen son físicos de todo el mundo, porque esos datos no pertenecen sólo a los socios europeos que sostienen económicamente el centro sino a toda la humanidad. ¿Cómo poner a disposición de todos de la manera más rápidamente posible dichos resultados experimentales?
La propuesta de Berners-Lee era transferir información a Internet usando hipertexto, el sistema familiar hoy día de apuntar y cliquear navegando a través de páginas que contienen dicha información. La primera página web de la historia apareció en la Navidad de 1990 y fue https://info.cern.ch/hypertext/WWW/The Project.html, la cual daba información sobre el proyecto WWW. Quien esto suscribe estaba allí, la vio, comentó el asunto con sus compañeros y todos nos encogimos de hombros indiferentes pensando que era otra chichiflauta más de los informáticos con la única, sempiterna y aviesa intención de mantenernos a todos mareados. Veinte años después, aquella página se multiplicó por centenares de millones.
¿Qué lección podemos sacar de aquel extraño invento desarrollado en el sitio más inesperado? Que para que la ciencia ofrezca progreso a la humanidad no tiene más que ser excelente y abierta a todo el mundo, es decir, todo lo contrario al secretismo y a la búsqueda del beneficio inmediato a costa de lo que sea.