Opinión
Otra vez el oro de Moscú
Por Javier Vizcaíno
Digna de estudio, la obsesión soviética de los anacrónicos suscriptores de Flechas y Pelayos. Aquí les traigo a otro que la manifiesta en grado superlativo, César Vidal, que en su último salto a la yugular de Zapatero desde La Razón no olvidó la mención de la bicha moscovita: “Cree que hay enemigos de clase -los empresarios, las iglesias, las fuerzas armadas, los partidos que no han visto la luz- que deben ser aniquilados aunque, ocasionalmente, se pueda pactar con ellos como Stalin pactó con Zinóviev y Kámieniev para liquidar a Trotsky”.
¿Es usted progresista?
Eso fue ayer. Un par de días atrás, el Sancho del Quijote Losantos se empleaba a fondo dibujando grotescos rabos y patéticos cuernos a los que tienen por mal vicio no comulgar con sus facciosas ruedas de molino. Comprueben si se sienten reflejados en su definición de progresista: “¿Apoya calurosamente que ni profesores ni padres tengan autoridad porque es un ejercicio de autoritarismo sobre niños y adolescentes lo suficientemente formados como para abortar con dieciséis años o destrozarse el organismo con la píldora del día después? Pues es progresista”.
Había media docena de memeces del pelo. Se las evito, pero no la conclusión: “A día de hoy, progresista es sólo una hoja de parra para cubrir a bribones, sectarios y descerebrados capaces de progresar sólo en dirección al medro propio y al desastre de los demás”. A eso sólo se puede contestar desde una zona más templada del mismo flanco, la que transita en ABC Ignacio Camacho, que ayer escribía: “Hay en nuestra derecha un sector visceral y exaltado que tiene poco asimilados algunos preceptos constitucionales porque se compadecen mal con su fragor sectario”.