Opinión
Viabilidad
Por Espido Freire
Tememos a los chinos. Todo comenzó con los alarmantes mensajes de una de mis amigas, empleada en una empresa inmobiliaria, que detectó con la sensibilidad de un sismógrafo timorato las oscilaciones que su empleo sufriría. Frente a ellas, frente a los huecos a las 11 para el café y las ausencias injustificadas, puso como ejemplo a los chinos y, en particular, a las azafatas chinas, estandarte de las Olimpiadas, que se dejaban colocar palillos entre las comisuras para que la costumbre y el dolor les permitiera mostrar los ocho dientes que Occidente considera atractivos.
Entre las noticias que se filtran, alarmantes y delicadas como mariposas en noviembre, sobre los organizadores de sus Juegos, se sabe que las muchachas que entregarán las medallas serán 337, y que se han aplicado con la disciplina preconsumista a la que están acostumbradas. Son las buenas chicas.
Las malas, las que escriben sus experiencias sexuales en blogs y en páginas traducidas a hurtadillas, las musas y víctimas de una sociedad aperturista y extraordinaria, no se contemplan. Posan, como Wei Hui, la autora de Shangai Babe, con las piernas abiertas y el aire lánguido, pero con una mirada explícita que deja a la timorata Hui a la altura de Corín Tellado.
Tememos a los chinos porque las generaciones contemporáneas de mujeres europeas están perdiendo la capacidad para sufrir incluso con la depilación, para qué hablar de palillos sangrantes en los labios. Hasta ahora, los avances sociales han contado con un inmenso número de voluntariado vocacional femenino, infantil, anciano. En un momento en el que los niños obesos chantajean a los padres para que les paguen por kilo adelgazado, los ancianos deciden que los niños están bien a ratos, y las mujeres se anestesian incluso para soportar a los jefes, sólo quien sea capaz de padecer con una sonrisa controlará el mundo. Tememos a los chinos porque hay pastillas para el insomnio, falta de voluntad para los idiomas y más tiempo para temer que para actuar.